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Amigas y amigos de Chinchilla:
Agradezco
el honor que me brindáis de dirigirme a vosotros en esta
tarde en que la ciudad entera forma una piña en torno a
su Semana Santa. Un honor que es mayor todavía al repasar
los nombres de quienes me precedieron en esta tarea. Personas
ilustres, algunas de las cuales me han ragalado el don de
su amistad, como es el caso del inolvidable Juan José García
Carbonell, o como Luis Guillermo García Saúco, que el año
pasado nos ilustró, desde este mismo micrófono, sobre la
historia de la Semana Santa y de Chinchilla.
Me gustaría ser digno
de este honor, y limitarme a anunciar la pasión, en lugar
de haceros sufrir una pasión con mi charla.
Sólo hay que ver el aspecto
imponente que presenta esta tarde la iglesia de Santa María
del Salvador, para entender lo que significa para los chinchillanos
la Semana Santa. Devoción es la palabra que creo que mejor
define esta entrega. Devoción que es una palabra que viene
del latín y que significa consagrarse, dedicarse a algo
en cuerpo y alma.
Consagrarse a la manifestación
religiosa, en primer término, pero consagrarse también al
propio acto, al rito en sí mismo. Participar en la ceremonia,
no como mero espectador, sino entregarse de lleno, confundirse
con el pueblo como uno más. Eso es también devoción.
Por desgracia, en este tiempo que nos ha tocado vivir, este
tipo de entrega es cada vez menos frecuente. Los habitantes
de lo que llamamos el primer mundo vivimos abocados al vértigo
de los medios de comunicación y de nuestras gestiones diarias.
Se está perdiendo el rito, la ceremonia de las pequeñas
cosas. Dice un proverbio hindú que si las cosas pequeñas
de tu vida las haces con prisa, no tienes alma, tienes prisa.
Esas pequeñas cosas eran nuestras ceremonias. Ya nunca las
hacemos despacio. Cuando las hacemos, se han quedado en
carcasa, en cáscaras sin contenido, sin alma, pero hemos
perdido muchas de ellas, hemos perdido hasta la breve ceremonia
de bendecir la mesa antes de comer. Por eso, porque nos
faltan los ritos, ahora que el tiempo meteorológico se nos
ha vuelto loco, y nos fríe de calor en invierno y nos obliga
a usar el abrigo en verano, a veces no sabemos ni en qué
mes vivimos.
El año de Chinchilla, sin
embargo, está perfectamente dibujado por sus ritos, por
sus ceremonias tradicionales. El belén navideño que cada
año convoca a miles de visitantes nos marca una época muy
concreta del año. Una poco más tarde es el encuentro nocturno
en torno a la hoguera de San Antón, junto a la ermita del
mismo nombre. O la ciudad tomada por esos muñecos sorprendentes
que llevan el nombre de Miércoles. O el sonido estremecedor
de las bozainas en las noches de Cuaresma. O la Semana Santa
que nos disponemos a vivir. O pronto, en mayo, la soldadesca,
que ya es un preludio de la fiesta mayor en honor de la
Virgen de las Nieves. Y luego, la romería campestre de San
Miguel.
Chinchilla es una ciudad privilegiada. Ha recuperado sus
ritos, los tiene repartidos a lo largo del año, y se entrega
a ellos. Todas las épocas del año tienen viva su referencia
y los vecinos las celebráis con una intensidad que se ha
perdido, o diluido, en la mayor parte de los lugares del
mundo cercano.
No creo que exista mejor
ejemplo de lo que estoy diciendo que la Semana Santa, que
en Chinchilla es pasión en todos los sentidos. Pasión todo
el año. Desde mucho antes de que empiece, las bandas de
cornetas y tambores llevan meses entrenándose, sus toques
dan vida a las últimas tardes oscuras del invierno y a las
primeras tardes de la primavera. La devoción prende en los
niños. Hace poco me contaba un buen amigo (que quizá esté
por aquí) que, buscando mi casa, se encontró con un grupo
de niños que estaban jugando a la Semana Santa. Habían montado
una procesión, con sus pequeños pasos, y se comportaban
con una solemnidad que a mi amigo lo dejó profundamente
impresionado. Sé que existen precedentes de este curioso
juego infantil, y no creo que sea la última vez que sucede.
Pero no sólo los niños dan fe de lo hondo que ha calado
esta tradición en los chinchillanos. De mis primeras tardes
en Chinchilla guardo un recuerdo imborrable. Era una de
esas tardes de frío pelón. Caía una lluvia fina. Las gotas
parecían agujas de hielo que se clavaban en la piel. Nos
encontramos cuatro gatos, puede que tres, ante la procesión,
desafiando a la climatología. Pero para mi asombro y el
de los poquísimos que alcanzamos a contemplar aquel espectáculo
heroico, los nazarenos desfilaron con el mismo orden y la
misma concentración que si atravesasen una apretada muchedumbre.
Era digno de verse. No estaban desfilando para la gente
que pudiera mirarlos, estaban desfilando para Dios, para
sí mismos, para Chinchilla, para los chinchillanos que durante
generaciones y generaciones habían desfilado antes que ellos.
Es normal, las bozainas
llevan toda la Cuaresma adobando el aire de la ciudad (que
es como decir los ánimos de los vecinos) de esa sombra de
recuerdos y de historia. Las bozainas que aún ponen los
pelos de punta a muchos que fueron niños y que las oyeron
acercarse por las tenebrosas esquinas de una población a
la que no habían llegado las farolas eléctricas. Alguna
vecina me ha confesado que tiene grabados en el sistema
nervioso los sones anunciadores de la campana y el tamboril,
y sólo de oírlos se estremece. Cuando ni más al escuchar
la música de esos tubos que, con sus lúgubres quejas, hacen
que las almas se pongan de rodillas.
Además está el entorno, el
marco de la ciudad. Chinchilla está en una montaña. Es una
montaña. Como el monte de los Olivos, como el Calvario,
el Gólgota. Más correcto sería decir que Chinchilla está
repartida entre dos cerros, el de San Vicente y el de San
Cristóbal, que se pasan los ecos el uno al otro. Desde que
la humanidad tiene memoria de sus actos, los pueblos han
buscado la altura para celebrar sus ritos religiosos. La
altura que está más cerca del sol y de las estrellas, más
cerca del espíritu. Chinchilla no es muy alta, pero es lo
más alto que hay en muchos kilómetros, y ha ido guardando
la vibración de todos cuantos han venido hasta aquí a encontrarse
con sus misterios, cualquiera que fuera la religión que
los traía.
Aunque no sólo es la altura. Son las calles también. Estrechas
y empinadas (y esto lo saben bien los portadores). Chinchilla
guarda aún buena parte del trazado medieval, como una valiosa
cicatriz de su nacimiento. Y en las ceremonias, como si
fuera un laberinto sagrado, parece sufrir una mutación que
la transforma en otra ciudad. Es como si la luz de la luna,
las tulipas de los pasos y los cirios de los nazarenos,
con su transcurrir, devolvieran por un rato al paseante
los misterios que durante el resto del año se esconden en
la rutina y nos pasan desapercibidos.
Tampoco creo que sean
ajenos a esta sensación de encontrarse en otra ciudad los
sonidos que acompañan a las procesiones. En particular,
los tambores. La Semana Santa tiene una palpitación única,
se mueve al ritmo que le marca el tambor. Las cornetas orientan
el aire alrededor de los tambores que son el corazón de
la Semana Santa. Este noche, los toques frenéticos de la
tamborada nos contagiarán la excitación, el extravío en
el que nos adentramos. En los próximos días, las bandas
de tambores y cornetas nos devuelven a una epoca que está
más dentro que fuera de nosotros, a un lugar a medio camino
entre la infancia y la tristeza. En la noche del Miércoles
Santo, el tambor estremecido que tocan por turno unos niños,
suena como si todos los corazones atenuaran su pálpito para
reunirse en ese pálpito común, y delgado, como la luz de
una vela que puede apagarse en cualquier momento. Y el domingo,
tras el Encuentro, y después de acompañar a la Virgen, cuando
todos los cofrades regresan, confundidas las capas, con
la triste alegría de haber cumplido un deber que era un
placer, los tambores le devuelven a Chinchilla su rutina
de siempre.
Ninguno de esos sonidos sería
el mismo si en vez de oírse entre los ecos de dos cerros,
en calles estrechas y empinadas, se vertiesen entre los
rascacielos de una ciudad moderna, o en un pueblo de la
llanura. Chinchilla es ese cofre especial, único, para el
tambor, para la luz. Ese cofre, en cuyo fondo se guarda
un tesoro que sólo se saca a relucir una vez al año. Me
refiero a ese canto de 30 estrofas que se interpreta en
la mañana del Viernes Santo, en el Encuentro, arropado por
unas chirimías. El canto de la Pasión no sólo suena distinto,
es que es único en el mundo.
A través de sus estrofas
cortadas, arromanzadas, nos llega temblando la voz de la
historia, de la pequeña historia de Chinchilla, que es muy
larga. Estos días, además, la ciudad crece, engorda, se
ensancha con los chinchillanos que un día emigraron y eligen
la Semana Santa para reencontrarse, y participan como si
no se hubieran ido, como si quisieran devolverle a la ciudad
toda la energía de su nostalgia.
A veces, tan bañados tenemos los sentidos por sonidos, luces,
olores y emociones, que nos parece que hay alguien más desfilando.
Nos parece que, confundidos bajo los capirotes, entregados
en cuerpo y alma al anonimato de la Procesión, diluidos
los oficios, las familias, todo, en ser Chinchilla, no están
sólo los cofrades de ahora, sino que están, intercambiables,
reviviendo entre nosotros, sus abuelos, sus tatarabuelos,
el pueblo que se perpetúa y se encarna a sí mismo, a la
vez, en todas sus épocas.
No podemos olvidar que ante
todo la Semana Santa es una manifestación religiosa, la
de un pueblo que año tras año revive el desamparo por la
muerte de Cristo y la alegría de su Resurrección. Por ello,
y dado el sentido religioso que ha de calarlo todo, deberíamos
aprovechar este baño, esta inmersión en la cofradía gigante
del pueblo, para deshacer viejas rencillas, viejos malentendidos
y poner el año a cero, listo para volver a empezar, como
si verdaderamente en el Domingo de Resurrección resucitáramos
todos. Sería el mejor regalo que podríamos darnos, ahora
que por fin se ha conseguido ese otro regalo por el que
la Junta de Cofradías lleva tiempo trabajando.
Porque creo que lo sabéis, parece seguro que el año que
viene esta Semana Santa será considerada (como las de Hellín,
Tobarra y Albacete) de interés turístico regional. Por fin
se ha demostrado que no hacen falta benlliures, salzillos
o montañeses para ofrecer a quienes quieran venir una singularidad
sin parangón, digna de verse y sobre todo de vivirse.
Por eso, vecinos de Chinchilla, cofrades, atrás quedan los
días en que desfilabais bajo el frío pelón con la virgen
por toda compañía. Como pregonero de este año, os invito
a palpitar con los ecos y los ritos de la Semana Santa chinchillana.
A seguir agrandando un año más vuestra leyenda.
Un fuerte abrazo a todos.
Arturo
Tendero López
Periodista. Co-Director de la revista "La Siesta
del Lobo".
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