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Queridas amigas , queridos amigos;
Chinchillanas y chinchillanos:
Me vais a permitir que empiece
congratulándome con vosotros por el éxito que habéis tenido
al conseguir, con el esfuerzo de todos, que esta Semana
Santa, que vuestra Semana Santa, haya sido declarada "de
Interés Regional".
Creo que es un éxito que cabe atribuir
a vuestro tesón, a vuestro empeño. Al esfuerzo de la Junta
de Cofradías, detrás de la cual está todos los hermanos
y hermanas, las y los cofrades, de cada una de las numerosas
y en algunos casos antiquísimas Cofradías de esta ilustre
ciudad de Chinchilla de Montearagón.
Como decía, detrás de cada una de esas
Cofradías está vuestro propio esfuerzo: la conservación
de las imágenes, sus vestidos, los tronos que les permiten
ser paseadas por el pueblo; pero también el cuidado de
vuestras túnicas y otros utensilios imprescindibles en
los desfiles procesionales. Está, en una palabra, vuestro
cariño, vuestro apego hacia lo que es una tradición secular,
transmitida de generación en generación.
Porque la Semana Santa, más allá o
más acá de su dimensión espiritual, religiosa, de meditación,
de reflexión sobre los misterios últimos, es también una
construcción humana: una conmemoración marcada por las
características culturales de cada pueblo, de cada región,
de cada colectivo. En unas zonas predominará la música,
el ruido; en otras el colorido de las túnicas ; en aquellas
la grandiosidad de los pasos; es éstas el recogimiento
y la austeridad de los desfiles.
Por lo que me cuentan, éste es vuestro
caso: aquí, en Chinchilla, la Semana Santa es recogimiento,
austeridad, sentimiento, expresión colectiva de dolor,
y -al llegar el Domingo de Resurrección- alegría igualmente
colectiva por lo que ese Día significa de vuelta a la
vida, de esperanza.
Las raíces de vuestra Semana Santa
se hunden en siglos muy lejanos de nuestra Historia. Ya
a finales del siglo XVI (el que algunos llaman Siglo de
Oro de España) existen referencias de algunas profesiones
y en esa época se constituye la Pía Cofradía.
En el siguiente siglo, el XVII, se
crea la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno así
como la Cofradía de los Apóstoles. También de este siglo
arranca la tradición de las bozainas, esos instrumentos
tan peculiares y específicos de vuestra Semana Santa chinchillana,
que emiten sonidos tan característicos de lamento, de
dolor, tan propios de estos días de Pasión y recogimiento.
En el siglo XIX, a pesar de la Guerra
de la Independencia, de las guerras carlistas y de las
desamortizaciones, vuestros antepasados encontraron tiempo
para crear nuevas Cofradías: como la de la Sagrada Penitencia
de Nuestro Señor; llamada después del Cristo de la Misericordia.
La primera mitad del siglo XX es, por
lo general, tiempo de crisis para la cultura y la celebración
de la Semana Santa, pese a lo cual, en ella se crea la
Cofradía de la Soledad.
Tras el dramático paréntesis de la
Guerra Civil vuelven las procesiones y el renacimiento
de antiguas o surgimiento de nuevas cofradías. Así por
ejemplo en 1954 se refundan la de Jesús Nazareno, la de
la Virgen del Rosario, la de La Soledad, la de San Juan
Evangelista; y un año después la de Nuestra Señora de
los Dolores.
En las siguientes décadas se fundan
la de los Apóstoles (1963), la de Aviación (1984) y ya
en la última década del anterior siglo las del Resucitado
y la de las Angustias.
Y qué quiere decirnos toda esa sucesión
de nombres y de fechas: pues esos nombres y esos años
nos hablan del esfuerzo de grupos abnegados de mujeres
y hombres decididos a enriquecer, a mejorar sus Semana
Santa, vuestra Semana Santa de Chinchilla.
Nos hablan de gentes que roban
tiempo a sus ocupaciones habituales (sus trabajos, sus
familias, su ocio) para dedicarlas a continuar esa tradición,
ese esfuerzo colectivo que es una cofradía, que se plasma
luego en una procesión y, lo que es más importante, que
recibe el calor, el reconocimiento, la admiración de sus
paisanos y de los forasteros que vienen hasta aquí para
contemplar vuestra Semana Santa.
La Semana Santa también aquí, en Chinchilla,
como en toda Castilla-La Mancha, es tradición familiar.
Cada año, el mismo ritual se repite en cada hogar. Se
rescatan de los altos de los armarios las túnicas y las
caperuzas conservadas con mimo y cuidadosamente protegidos
con naftalina. La Semana Santa es, además de manifestación
de religiosidad, un punto de encuentro: hermanos cofrades
que se reunen en torno a la cena de hermandad, para hablar
del paso y de la vida, de las ocupaciones y preocupaciones
de todo un año; de las previsiones del tiempo para el
día mágico, definitivo de la procesión, y así de tantas
y tantas cosas.
La Semana Santa aquí, en Chinchilla,
como por lo demás en buena parte de Castilla-La Mancha,
está en su sobria desnudez desprovista de excesos ornamentales,
falta del color de los primaverales adornos florales,
espectacular.
En su sencillez y modestia, puesta
en evidencia por la ausencia de soberbias imágenes talladas
por los más reconocidos maestros escultores, radica su
mayor virtud, su rasgo distintivo. En su sobriedad reside
su hecho diferencial.
Sus procesiones son una manifestación
del clamor popular y la explosión de un sentimiento contenido
y callado durante meses. Y esa misma explosión de piedad,
de recogimiento, de reflexión; ese silencio, entrecortado
por le sonido cansino y machacón, triste y fuerte de un
tambor o una trompeta, llega a veces a erizar la piel,
a provocar la contención de la respiración y a emocionar
el alma.
Yo quisiera hoy que estas humildes
palabras mías se dirigieran a todos los que gustan de
esta Semana Santa, de vuestra Semana Santa de Chinchilla.
A todos, a los chinchillanos y a los que no los son (como
es mi caso); a los fieles creyentes y a los que dudan
en su fe o, sencillamente son agnósticos; sólo debería
excluir de estas palabras, de esta dedicatoria a aquellos
que no valoran la tradición, aquellos que piensan que
el mundo comienza en ellos o desde ellos. Esos, los que
no tienen Historia porque no creen en la Historia, tendrán
otros derechos, pero quizá no el derecho a emocionarse
con una tradición que tejéis con paciencia desde hace
más de cuatrocientos años, cuatro siglos.
Se dice pronto, más de cuatro siglos,
con sus incertidumbres, con sus cambios políticos y sociales;
con sus nuevas y viejas costumbres, con sus modas y sus
tendencias no han sido capaces de acabar con la veneración
de los misterios que se produjeron allá en Palestina -en
esa tierra ahora ensangrentada y dividida de Israel y
de Palestina- hace algo más de dos mil años.
Yo creo que eso es lo que hace verdaderamente
grande una celebración como ésta de la Semana Santa: su
universalidad, su permanencia en el tiempo, y algo que
a mí me admira muchísimo: como consigue atraer -algo que
es de puro viejo más que centenario- a los jóvenes, a
las chicas jóvenes también; a hombres y mujeres muchos
de los cuales no lo han heredado de sus padres sino que
se han acercado a ella, a las celebraciones religiosas
y a sus manifestaciones populares por identificación con
algo que consideran muy suyo, muy auténtico, muy enraizado
en las más remotas raíces de su pueblo, de vuestro pueblo.
No quiero cansaros más. Sólo quiero
aprovechar mis últimas palabras para agradecer sinceramente
a quienes han tenido la deferencia de invitarme a compartir
estos minutos con vosotros. A quienes han permitido, con
su invitación que me acerque, que conozca este prodigio
de religiosidad, clamor popular, austeridad, sobriedad,
recogimiento y tradición que es la Semana Santa de Chinchilla.
Quién sabe, de no haber sido así, si alguna vez habría
llegado a conocerla.
Y por último quisiera transmitiros
mi felicitación, mis palabras de apoyo, de aliento.
Entiendo que un pueblo que cultiva
así su historia, sus raíces culturales, que recuerda y
revive el pasado cada año, como lo hacéis vosotros, un
pueblo así, no puede ser de ningún modo un pueblo muerto.
Sois, por el contrario, un pueblo con
afán de vivir, de revivir el pasado, para reforzar vuestra
alma, que también es muy necesario y poder de este modo
seguir afrontando las dificultades del presente. El camino
diario, el individual, el de cada uno de nosotros, de
nuestras familias, pero también el colectivo, el de un
pueblo, una comarca, una Región, está lleno de esfuerzos.
Pero esos esfuerzos no son más que metas que cada uno,
o cada grupo, se marca para mejorar, para afrontar un
futuro mejor que aquél que heredó de sus padres, de sus
predecesores.
Y en eso veo yo que sois un pueblo
vivo; en ese afán de mejora, de superación, de esfuerzo,
incluso de sacrificio si me apuráis, que felizmente en
este para vosotros año de gracia de 2002 ha tenido su
recompensa con la consecución de esa distinción, de ese
reconocimiento "de interés regional" para vuestra Semana
Santa que -estoy seguro- es el mejor premio que os podían
haber dado.
Enhorabuena y vivid vuestra Semana
Santa.
Recreadla este año cada minuto con
más fuerza, con más energía que nunca; conseguir que la
conozcan este año los que aún no lo han hecho; contadla
con entusiasmo, con pasión a vuestros amigos, conocidos
o familiares de otros pueblos, de otras ciudades, de otras
regiones. Haced, en definitiva, una Semana Santa nueva,
distinta, viva, que mejora por y gracias a vuestro esfuerzo
cada año.
Porque ella, y Chinchilla así lo merecen.
Muchas gracias.
Antonio Moraleda Galán
Director General de Bienes y Actividades Culturales
de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha
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