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Dignas Autoridades,
Presidente de la Junta de Cofradías de
Chinchilla, Cofrades, paisanos todos.
Sólo
la ilusión de dirigirme a vosotros, con
la intención de hacer algo útil
por el pueblo que me vio nacer, puede justificar
mi atrevimiento al ocupar ésta tribuna.
El sentido de cumplimiento del deber moral que
me ha inculcado mi familia y la formación
religiosa que he recibido han vencido mis últimas
dudas y temores. De niño fuí monaguillo,
con D. Federico Navarro, en nuestra Iglesia de
Santa María del Salvador. Participé
en Acción Católica de Chinchilla,
cuando aquella tenía su sede en la Iglesia
de Santa Ana, en donde recibí el bautismo
al terminar la Guerra Civil. He recibido una formación
religiosa que me exige compromisos y dar testimonio
cristiano, sin que logre siempre el propósito.
De todas maneras creo que fuí un tanto
inconsciente cuando acepté el encargo,
pues de haber conocido los anteriores pregones
que ofrece la página web de Chinchilla
de Monte Aragón seguro que no habrían
sido dudas y temores, ...habría sido pánico.
Los pregones que aparecen en aquella son brillantes,
excelentes y documentados. Aprovecho la ocasión
para hacer y solicitar homenaje público
a Santiago González Garrote, alma de la
citada página web, por la gran labor que
desarrolla.
Una vez aceptado
el envite me planteé angustiado qué
pregón debía hacer. Está
claro que nuestro pueblo impone carácter.
Por la estructura de la Ciudad y por su clima
nuestro pueblo es austero, por lo que dudaba si
sería apropiado un pregón literario
que posiblemente no sabría hacer bien y
que quizás no era oportuno repetir. Tampoco
me parecía adecuado un pregón poético,
como los que suelen hacerse en Sevilla, en los
que se tiene como referencia a los maestros del
pregón como Federico García Sanchís
y José María Pemán, ó
en la actualidad Carlos Herrera. Por ello, con
un esquema relativamente clásico, sencillo
y académico, me dispongo a ocupar durante
unos minutos la amable atención de mis
paisanos.
En primer
lugar quiero manifestar mi gratitud a la Junta
de Cofradías por darme la oportunidad de
ocupar tan ilustre tribuna, y en especial a Joaquín
Gabriel García por su inestimable colaboración.
Les debería haber explicado mis limitaciones
ya que si tengo alguna habilidad se encuentra
en el campo de la Medicina Nuclear. Por ello debo
solicitar la benevolencia de mis oyentes con la
esperanza de que así resulte mejor mi intervención.
Espero que la ilusión y el cariño
que he puesto en el empeño suplan mis deficiencias.
Me hubiera gustado subir a uno de los venerables
púlpitos de nuestra Iglesia, pero también
es una gran oportunidad hablar en éste
magnífico Auditorio y aprovecharme de que
aquí podemos apoyar el pregón con
algunas imágenes. Lo que si os puedo asegurar
es que éste momento quedará grabado
indeleblemente en el recuerdo de mi extensa familia,
tan ligada a ésta vieja Ciudad, de la que
conservo unos recuerdos extraordinarios.
He leído
varias veces el Pregón del año 2000,
pronunciado por D. Luis Guillermo García-Saúco
Beléndez, que resulta un documento muy
valioso para la memoria de Chinchilla por la recopilación
de datos precisos, que permiten conocer y valorar
la antigüedad y la evolución histórica
de nuestra Semana Santa. Muy interesante me pareció
el leído por mi colega José Luis
Teruel Briones, al que felicito y me gustaría
saludar.
Para una persona
como yo que, desgraciadamente, lleva tanto tiempo
desligado de su pueblo, lo primero que llama la
atención es comprobar la importancia y
lo relevante que es nuestra Semana Santa, con
una antigüedad equiparable a la de otras
grandes y famosas Semanas Santas de España.
Creo que la
importancia y la antigüedad de nuestra Semana
Santa es consecuencia de lo que era nuestra Ciudad
en los siglos XVI y XVII; las procesiones comenzaron
porque la población tenía sentimientos
piadosos y tradición religiosa, como lo
atestiguan los asentamientos de Ordenes monásticas
en Chinchilla. De un periodo similar son las procesiones
de Sevilla, Valladolid, Zamora, Murcia, etc. Como
prueba del parecido les muestro ahora algunas
imágenes de la Semana Santa de Murcia.
Impresiona
la antigüedad, la evolución y el presente
de nuestra Semana Santa, pero no es menos impresionante
el esfuerzo, la ilusión, la entrega y el
amor que han puesto las Cofradías, tres
de las cuales acaban de cumplir el cincuenta Aniversario
de su Refundación, para llegar adonde hoy
estamos. Baste decir que, al término de
la trágica guerra civil, en años
de tantas dificultades y penurias, hubo que partir
de cero, hacerlo todo para llegar a tener unas
procesiones de Semana Santa como las que disfrutamos
ahora. El esfuerzo ha sido y está siendo
enorme y habrá que resaltarlo una y otra
vez. Nosotros, los chinchillanos, tenemos una
deuda de gratitud con la Junta de Cofradías,
que ha logrado un desarrollo procesional y una
madurez corporativa tal que hizo posible el reconocimiento
institucional por el que se otorgó el calificativo
"De Interés Turístico Regional"
para nuestra Semana Santa.
Algo sé
del esfuerzo que hacen los cofrades por sus procesiones,
ya que mis hijos y yo pertenecemos a la Cofradía
murciana de Nuestro Padre Jesús Nazareno,
como también lo fueron varios antepasados,
llegando a ser presidente de la misma Diego Aguilar-Amat
y Marín-Barnuevo. Sé muy bien cuantos
sacrificios hay que hacer para que cada año
salgan a la calle los pasos. Los esfuerzos para
mantener las imágenes en condiciones ideales,
para que las bandas de tambores y bozainas entrenen
y se preparen, a costa del tiempo libre de sus
componentes. Lo debates, propuestas y planes que
hay que realizar para que se mantenga el orden
procesional, para que los cofrades y penitentes
vivan la Cuaresma que les prepara para el gran
desfile pasional. Muchas veces las personas llegan
a pensar que ésta labor se realiza para
dar satisfacción a la vanidad individual
ó para el lucimiento personal y muy pocos
saben de los sacrificios y entrega que exige el
sacar una procesión y que nada más
terminar una Semana Santa ya se está preparando
la del año siguiente. Se trata de una labor
callada, casi anónima, vocacional.
Creo que el
resurgimiento de nuestra Semana Santa ha ido paralelo
con el de nuestro pueblo, con el de la Muy Noble,
Leal y Fidelísima Ciudad de Chinchilla.
Debemos sentirnos orgullosos de nuestro pueblo,
de su historia y de su futuro. No se debe olvidar
que los Reyes Católicos, en su visita a
Chinchilla, juraron mantener los privilegios reales
concedidos a nuestra Ciudad; que nos visitó
San Vicente Ferrer, como lo recuerda la inscripción
en piedra existente en el altar mayor de nuestra
principal Iglesia; que Chinchilla fué la
Ciudad manchega más importante del antiguo
Reino de Murcia y que durante algunos años
fuimos capital de provincia. Se puede pensar que
bien, que todo eso está muy bien, pero
que ya es historia. Pero no lo es el que nuestra
Chinchilla esté resurgiendo año
tras año y que tenga un futuro prometedor.
Ahora quiero hacer una reflexión sobre
lo que supone, para los cristianos, los días
de pasión en la Semana Santa y que, más
ó menos vamos a revivir en las procesiones
de nuestro pueblo, días llenos de un cierto
sentimiento de dolor y de consternación.
Pero también quiero que reflexionemos sobre
lo que Jesús hizo por nosotros, para que
el Padre nos haya ofrecido la Resurrección,
la Pascua, la Esperanza y la alegría de
la vida futura.
Va a comenzar
la Semana Santa en Chinchilla y como hace dos
mil años en Cesarea de Filipo, cerca de
las aguas del Jordán, en el ángulo
de la actual frontera palestina con el Líbano
y Siria, Jesús de Nazaret hizo una pregunta
a sus discípulos que hoy todavía
tiene varias respuestas. Dijo Jesús: "¿Qué
piensa la gente de mí?". Le dijeron
que la gente decía que era un hombre de
Dios, un profeta de Dios en la línea de
los grandes profetas de Israel. Pero Jesús
les apremió con otra pregunta: "¿Y
vosotros, qué decís?.¿Quién
soy yo para vosotros?". Pedro le contestó:
"Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios
vivo". De ésta manera se expresa la
respuesta cristiana, lo que es la fe de la Iglesia.
Esa pregunta nos la podríamos hacer hoy
y serían varias las respuestas según
quienes fueran ese "vosotros". De cualquier
forma la respuesta siempre será una forma
de fe, de confesión de la fe. Otros en
cambio no tendrán una respuesta de confesión,
respetarán la figura de Cristo, pero no
será determinante para una confesión
de fe.
Esta pregunta,
"¿Quién soy yo para vosotros?"
espero que nos la planteemos todos, inquietando
en la hondura de nuestras almas, cuando la figura
del Nazareno pase por delante de la multitud.
La respuesta dependerá de cada uno de nosotros.
Se suele decir:
"los jóvenes creen que un día
morirán todos los hombres, pero no que
eso tenga que ver, al menos de momento, con ellos".
Por eso quiero deciros: ¡jóvenes,
aprovechar bien vuestra vida!. En cambio, el viejo
es alguien que sabe que él va a morir y
no tardando mucho. Jesús muere joven, con
la conciencia de que su sacrificio da respuesta
al reto humano de la muerte, que se constituye
como el enemigo número uno de la civilización
moderna. Se presume de progreso, de civilización,
pero en ése terreno no se ha avanzado nada.
Se puede alargar la vida de los hombres pero el
desenlace sigue siendo el mismo. La muerte sigue
siendo el máximo enigma de la vida humana
y todos los esfuerzos de la técnica moderna
por prolongar la vida del hombre no pueden calmar
la angustia que éste siente ante la certeza
de su desaparición. Es Cristo resucitado
el que ha ganado esta victoria para el hombre,
liberándolo de la muerte con su propia
muerte. De ahí que la muerte de Jesús
sirve para la liberación humana de la muerte.
No tendría
sentido que el Hijo de Dios muera sin ésa
finalidad. Impresiona en la vida de Jesús
el hecho de que se encamine a la muerte, que no
la esquive, que no acepte componendas, aunque
en algún momento le pida al Padre que le
alivie del cáliz amargo. Impresiona más
la seguridad que tiene de que su muerte supondrá
el triunfo que culmine su vida terrenal.
Los apóstoles
se entristecían al oírle hablar
de su muerte, sin entender que les estaba anunciando
su resurrección. No entendían que
el Hijo de Dios, al que esperaban como el rey
de los judíos, fuera a morir en la cruz,
la más ignominiosa de las muertes.
Los discípulos de Cristo, como sus contemporáneos,
creían en la resurrección al final
de los tiempos, como la de Lázaro que presenciaron,
pero no entendían que la voluntad del Padre
de enviar a su Hijo al mundo, y que iba a sufrir
el tormento de la cruz, nace de su gran amor a
los hombres. Dios quiere positivamente la muerte
del Hijo en la cruz porque ésta es condición
necesaria de nuestra purificación y de
nuestra salvación. La muerte del Hijo,
querida por el Padre, es aceptada consciente y
libremente por el Hijo, por el amor al Padre y
la obediencia a sus designios. Jesús dice
"El mundo ha de saber que amo al Padre y
que obro según el Padre me ha ordenado".
Toda la vida de Jesús estuvo marcada por
la obediencia: "El Hijo de Dios-dice San
Juan-ha bajado del Cielo no para hacer su voluntad,
sino la del Padre que le ha enviado".
Jesucristo, Dios y hombre verdadero, murió
realmente en su naturaleza humana ya que ésta
conoció la separación entre el alma
y el cuerpo. Sin embargo, la persona divina de
Jesucristo continuó asumiendo toda su naturaleza
humana, incluso después de haber muerto
ésta. Dios no muere en la cruz. Es el Hombre
el que muere en ella.
Jesús
"anticipa" su "resurrección"
en la transfiguración del monte Tabor apareciendo
en toda su majestad junto a Moisés y Elías.
Para presenciarla elige a Pedro, Juan y Santiago,
que también estarían con El en su
hora más dura: la del huerto de los Olivos.
Para los discípulos ésta aparición
de Moisés y de Elías tenía
sentido, pues ya lo anunciaba el Antiguo Testamento:
eran los representantes de la ley y los profetas.
La Mesianidad de Cristo se completa con la declaración
del Padre: "Este es mi Hijo muy amado. Escuchadle".
El misterio
pascual es el momento culminante de la historia
de la salvación y su luz irradia sobre
toda la problemática y la historia de los
hombres. Tras la Resurrección la creación
adquiere un sentido nuevo, pues gracias a la Pascua
del Señor está llamada a renovarse
en nueva creación. La Resurrección
es una verdad fundamental del cristianismo. Cristo
verdaderamente resucitó por el poder de
Dios, no se trata de un cuerpo revivido, como
el de Lázaro, que volvió a morir.
Cuando decimos que "Cristo vive" no
usamos una manera de hablar para expresar que
vive en nuestro recuerdo. Cristo vive para siempre
con el mismo cuerpo con que murió, pero
éste ha sido transformado y glorificado
(Cf. Cor. 15:20, 35-45) y la muerte será
vencida al final de los tiempos (Cif. I Cor. 15:26)
estableciéndose plenamente el reino del
Señor.
Todos resucitaremos
y Cristo es el primer fruto de la nueva creación
(Cif.1 Cor 15:20). Con su cruz El ha abierto las
puertas para que nosotros también resucitemos,
de ahí nuestra creencia, profesada en el
Credo de los Apóstoles, de "la resurrección
de la carne". Ahora somos hijos de Dios y
cuando se manifieste seremos semejantes a El porque
le veremos tal cual es (I Juan 3:2).
La Resurrección es la culminación
de la historia y la confirmación de que
la salvación del hombre no es una utopía
sino una realidad. Como victoria decisiva sobre
todo mal y sobre todo límite humano y como
premisa y primicia de nuestra resurrección,
ella nos dá el impulso decisivo para el
compromiso cristiano en el mundo y para su esperanza
en el futuro. Esta es la más importante
consecuencia de la muerte y resurrección
de Cristo, la esperanza en el futuro, la esperanza
en otra vida, para vivir junto a Jesús
y al Padre.
Los momentos
pasionales son para vivirlos con recogimiento,
con el sentimiento piadoso que origina el recuerdo
de la Pasión de Jesús. Pero tengamos
en el horizonte inmediato la certeza de un mundo
nuevo que nos depara Jesús y que, con su
pasión, muerte y resurrección, nos
trae la redención, la liberación
de los hombres.
Permitirme ahora unos momentos de añoranza,
de evocación de mi feliz infancia en Chinchilla.
Quiero manifestar que mi vivencia chinchillana
fue inmensamente feliz. Que todos mis recuerdos
son gratos y que siempre he paseado el nombre
de nuestro pueblo con orgullo. Tengo grandes y
numerosos recuerdos de mi casa de la calle Virgen
de las Nieves, en donde nací y a la que
traje a mi mujer y a mis hijos, para que conocieran
nuestras raíces. De nuestra iglesia, que
es orgullo de nuestro pueblo. Recuerdo la escuela
de mi maestro Don Diego Carrillo y la vecina fragua
de la familia Vulcano, con sus rítmicos
golpes de fragua. Recuerdo numerosos amigos, destacando
de entre ellos a Paquico "el del Bolo";
a los hermanos Saínz-Pardo; a los Tébar,
Alcantud, Picazo, Palacios, Madrona y tantos otros.
Son entrañables los recuerdos de David
el hijo del hojalatero y de Migalo que vivía
en lo alto del callejón que hay entre mi
casa y el Auditorio. Muchos recuerdos de Ramón,
el Guardia Municipal. De la Rufina y su puesto
de cascaruja, en los bajos del reloj de la Plaza.
Fue muy feliz mi estancia en Chinchilla. Nuestros
juegos tenían un gran escenario. Esa Plaza
en la que recuerdo una hermosa fuente que hizo
instalar el Concejo que presidía mi bisabuelo
Enrique Barnuevo. Recuerdo los bailes de verano
en el Claustro del convento de los Dominicos,
entonces patio de la posada del Arenal.
No quiero
terminar sin hacer una manifestación de
fé hacia nuestra Patrona, Nuestra Señora
Virgen de las Nieves y tener un recuerdo cariñoso
hacia la persona que fue su Camarera y es mi madre.
Gracias a todos y a vivir la Semana Santa 2004.
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