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Ilmo. Sr. Alcalde
de Chinchilla, Ilustres. Miembros de la Corporación
Municipal, Sr. Párroco, Sr. Presidente
de la Junta de Cofradías, Sres. Presidentes
y miembros de las seis Cofradías y de la
Hermandad de los Apóstoles. Sr. Presidente
y miembros de la Junta de Cofradías de
Albacete; queridas y queridos chinchillanos, amigos
todos:
En
el mes de julio del año 2002, me encontraba
en una ciudad de México. Estaba impartiendo
unas clases a un buen grupo de profesoras y profesores.
Al terminar, tras los aplausos habituales, observé
que todos seguían sentados, y uno de ellos,
cortésmente, me interpeló: “¿Por
qué no nos cuenta algo de usted?, …¿dónde
ha nacido?...
-Yo
nací en un pueblo pequeño, Chinchilla
de Montearagón, que está situado
en un cerro desde el que se divisan las llanuras
de La Mancha. En España. No demasiado lejos
cabalgaban D. Quijote y Sancho. El paisaje es
de llanuras y tierras viejas, que han visto mucha
historia; son de color marrón, de muchos
marrones: claro, terroso, oscuro, sanguinolento…
de una infinidad de matices, y salpicado de verdes
grisáceos, pero, a su vez también
distintos, de muchos verdes.
Arriba,
a casi 1000 metros de altura, está su castillo.
Piedras que tienen 500, 600, quizás más,
años de antigüedad. Y debajo del castillo,
por empinadas cuestas, se levanta la plaza: preciosa.
Cuando a veces llevo allí a mis amigos,
se quedan admirados de su Ayuntamiento, de los
pórticos… Ahí está
la iglesia, que tiene planta de catedral gótica,
y en la que se venera, en una capilla lateral,
a la Patrona, la Virgen de las Nieves. Desde la
plaza, parten las calles, con los palacios y casas
blasonadas.
Y
todo este conjunto está rodeado de murallas:
los restos de sus murallas medievales. Fuera,
extramuros, abajo, está el barrio de El
Arenal. Allí se encuentra lo que fue el
convento de Santo Domingo, la segunda fundación
de la Orden en España, con artesonados
y un claustro mudéjar… Este convento
fue comprado por un bisabuelo mío y, cuando
nací, era la casa de los abuelos Pedro
y Rosa, era la posada de Santo Domingo, la que
en el pueblo se conoce con el nombre de “La
Posá” y que con el paso del tiempo
dejaría de serlo.
Tuve
la sensación, a medida que hablaba, que
estaba redescubriendo Chinchilla. “¡Qué
suerte haber nacido en un pueblo así! -exclamó
uno de aquellos profesores- ¡Me gustaría
conocerlo!”.
Creo
que aquellas personas estaban admiradas: admiradas
de mi pueblo, de nuestro pueblo; que es ciudad,
“Muy Noble y Muy Leal”. Lo son sus
piedras, pero sobre todo, lo son, lo sois, sus
habitantes.
¡Qué
suerte haber nacido en Chinchilla! Agradezco a
esos profesores mexicanos que, en un momento determinado
de mi vida, tal vez coincidiendo con la entrada
en la madurez, me hicieran sentirme especialmente
orgulloso de mi pueblo.
Ahora
también es una suerte, y un honor, que
me hayáis elegido para pronunciar el pregón
de la Semana Santa. Y quisiera hacerlo al tiempo
que rememoro la vida de un niño. Un niño
que, meses antes de que llegara la Semana Santa,
ya oía en el patio, en las galerías
de la casa, de La Posada de sus abuelos, cómo
ensayaban las trompetas y tambores. Se escapaba
de su madre y se colaba sin que le vieran –o
eso creía él- y observaba cómo
marcaban el paso, cómo se ponían
rojos y abultaban la boca, especialmente los jóvenes,
para hacer sonar las trompetas. Su tío
Alfonso era también de los que ensayaban;
aunque me parece que se cansó pronto y
decidió concentrar su ayuda a la Semana
Santa abasteciendo de comida y bebida a los cofrades:
¿quién en Chinchilla no ha sido
testigo de su generosidad y buen humor?
Ese
niño no sabía que vivía un
momento histórico para la vida de Chinchilla:
por entonces se habían refundado la Cofradía
de San Juan, la de Nuestro Padre Jesús,
la de la Sangre y, meses antes, se había
fundado la del Cristo de la Agonía y Santo
Entierro. ¿Y la de la Soledad? Nació
casi con él, en el patio de la Posada.
Y por allí estaban Paco el de la Dalia
(D. Francisco Yáñez), Pedro Madrona,
Noé (D. Noé Martínez), el
tío Antonio (D. Antonio García González),
D. Avelino (del Rey), Ramiro, que era vecino,
y se sentaba a la puerta de la casa en las largas
tertulias veraniegas; y Silvino (D. Silvino Ortiz)
y también D. José Serrano.
Cuando
aquel niño apenas andaba, su padre lo llevaba
a las procesiones de la mano; y enseguida los
abuelos le regalaron una túnica. Recuerdos
de niño aún perdurables: ¡Qué
alto le parecía Balta, Baltasar Madrona,
“Pavera”!, que también era
muy fuerte. A veces, se ponía al lado suyo
cuando Pavera hacía aquellos desfiles airosos
con la Cruz que servía, que sirve, de guía
a la Cofradía. Pavera era –lo es
en el Cielo- el padre de Mari Pili y José
María, amigos suyos. A su lado, desfilaba
el primo José Luis; y bien pronto se juntaron
más amigos: recuerdo ahora a Juanjo, ese
gran artista del hierro, hombre de bien, como
todos los que aquí aparecen.… Y cuando
llegaban a la plaza, ¡qué espectáculo!
Con la plaza llena, se sentía rodeado de
los suyos; los suyos también eran todos
los que desfilaban, todos los nazarenos.
De
pronto, el bullicio, había que dejar sitio:
entraban desfilando “los romanos”,
con Pelayo al frente y luego, años más
tarde, con Antonio Ruiz, el marido de Reme, también
amigos de sus padres. Y entonces buscaba con la
mirada al tío Florentino, y a su hijo,
José Luis, que eran del Cristo de la Agonía
y del Santo Entierro. O al tío Amaro, que
era el que iba al frente de los Apóstoles.
Los tres ahora, como tantos otros que estamos
recordando, el tío Antonio, Paco el de
la Dalia, Florentino, Noé, etc. nos miran
desde el Cielo. Y también encontraba con
su mirada al primo Paco y Antonio, -Antoñín,-
o a Tino, y a tantos otros amigos y conocidos.
Pasan
los años. Casi sin enterarnos. El niño
ya empieza a no serlo tanto. Últimamente,
ha desfilado con su hermano Paco, que ha heredado
su túnica infantil. Más tarde, la
heredará el hermano pequeño, Alfonso.
Ahora los amigos empiezan a sentirse fuertes,
mayores: quieren llevar las andas de la Soledad,
e incluso, al llegar al Matadero, se esconden
para fumar los primeros pitillos. Salvador el
del Cerro, inolvidable, pone orden y a veces llega
a enfadarse con aquellos adolescentes a los que
costaba aceptar la disciplina de la Cofradía.
Salvador, ¡qué gran corazón!...
Sus llamadas al orden en la puerta de la Posada,
mientras la Fefa (entrañable mujer, siempre
tan cariñosa y dispuesta a desvivirse por
ayudar) ofrecía caramelos y se bebía
cuerva, ponían la nota de autoridad y advertían
de la responsabilidad y el orgullo de vestirse
de nazareno.
Esos
niños, esos adolescentes, disfrutaban con
la Semana Santa, la vivían a su manera,
deseaban que llegara, pero se les escapaba su
sentido. Lo peor es que tal vez ahora, de mayores,
se les siga escapando: ¡tan profundo y tan
grandes es!...
Vamos
ahora, si me lo permitís, a “levantar
el telón”; a intentar saber por qué
cuando llegan estas fechas Chinchilla vive su
Semana Santa; qué hay detrás de
estos días.
Hace
dos mil años, Dios Padre decide que ha
llegado el momento. Y su Hijo se encarna, toma
carne humana en el vientre de su Madre, la Virgen
de las Nieves, la mujer más bella, más
dulce, más Madre, que nunca ha existido.
Y de Ella nace Cristo, sin romper su virginidad,
como la luz atraviesa el cristal. Madre e Hijo,
con José, al principio, en el taller, irían
hablando y preparándose para lo que habría
de venir. Nunca nadie ha sido tan feliz como ellos,
porque nunca nadie ha sido tan fiel a Dios como
esas tres personas humildes, que pasaban desapercibidas
en una aldea de Nazareth.
Vendrá
luego el darse a conocer,… los apóstoles,…
los milagros; la predicación de una doctrina
sublime, liberadora, esperanzadora para el hombre
y la mujer que caminan por su existencia terrena.
Llega
el Domingo de Ramos. Los que le aclaman, los que
salen a su encuentro con ramos de olivo, días
después le van a insultar…a escupir.
Lunes,
Martes. Miércoles…Jueves Santo. Estamos
a punto de llegar al centro de nuestra Historia,
de la verdadera Historia de la Humanidad. En ese
Jueves Santo, en la intimidad del Cenáculo,
casi en confidencia, Cristo pronuncia : palabras
solemnes, únicas: “Esto es mi Cuerpo…Mi
Sangre…” El Mandamiento Nuevo….
Lo que ocurre en la Última Cena forma,
como sabemos, una unidad inseparable con el Viernes
Santo: Cristo nos ama tanto, que nos deja su Cuerpo
y su Sangre, que se van a entregar y verter en
la Cruz. Para el cristiano, Eucaristía
y Cruz, son dos palabras sinónimas.
Tras
la Última Cena, La Agonía en el
Huerto: soledad, un sufrimiento infinito.
Tomás
Moro, el que había sido Lord Canciller
de Inglaterra se queda perplejo cuando medita
estos momentos: “En Getsemaní, -nos
dice- Jesús queda dramáticamente
solo” , con los apóstoles grotescamente
dormidos.
S.
Lucas , en su Evangelio, nos cuenta que, era tal
su sufrimiento, que “entrando en agonía…
su sudor se hizo como gotas de sangre que caían
en tierra”.
A
partir de aquí, todo se precipita: ruido,
vocerío de un tropel de gentes, Judas el
traidor que le besa y lo entrega. Empujones, ultrajes,
las risotadas, los bofetones, los falsos juicios,
la flagelación…la carne que se desgarra
y se rompe. Viene la condena. San Juan, con un
laconismo sobrecogedor, nos dice en su Evangelio:
“Entonces, (Pilato) se lo entregó
para que fuera crucificado”
Cristo
con la Cruz. Cristo en la Semana Santa de nuestro
pueblo: sale de la Iglesia; baja sus cuestas y
atraviesa el Arenal, sube fatigosamente por la
calle del Matadero y, atravesando el arco, llega
a la Plaza. Es el momento de “El Encuentro”
con su Madre y San Juan.
Volvemos
ahora por un momento a los recuerdos de aquél
niño que habíamos dejado atrás.
Inolvidable aquella mañana de Viernes Santo,
en la que, con sus amigos, se escabulleron de
las filas de la Soledad, para abrirse paso entre
las demás cofradías, entre el bosque
de colores de la túnicas (negros, blancos,
verdes, azules, granates…) y ponerse junto
unos nazarenos vestidos de “morao”,
quienes, dirigidos por Eduardo Cebrián,
cantaban en un tono desconocido la Pasión.
Mientras, en la Plaza, se hacía –se
hace- el silencio.
“Madre
nuestra del Rosario,
sal y verás a Jesús,
que en sus lastimados hombros,
lleva una pesada cruz.
Siento
tu muerte hijo mío,
como madre, mas con todo,
la voluntad de Dios Padre,
se cumple de cualquier modo.
Han
pasado los años, y los de la Cofradía
de Nuestro Padre Jesús siguen manteniendo
la tradición, ahora dirigidos por Josefina
Ortega:
Adiós
madre- dice el hijo.
-Adiós rostro soberano,
que voy a morir muy pronto,
por todo el linaje humano.
.En
tan triste despedida,
hermanos míos cofrades,
contemplad cómo estarían
madre e hijo entre pesares .
El
pequeño y sus amigos no sabían que
estaban oyendo unas estrofas que probablemente
tengan más de 500 años, que forman
parte del pasado de su pueblo, y que, en su sencillez
y en su fuerza, expresan todo el drama de la Pasión.
Poco
a poco, dolorosamente, por las calles estrechas
y resbaladizas, llegamos al Calvario. Por Santa
Ana, el empedrado es irregular, la marcha es más
penosa. Obra Pía, Las Cinco Calles. El
Nazareno cargado con la Cruz.
Aquí
aparecen la debilidad humana y, al tiempo, la
infinita grandeza de Cristo.
Hay
un santo al que tuve la suerte de conocer y que
ha tenido una influencia decisiva en mi vida,
san Josémaría Escrivá. En
uno de sus libros nos cuenta con breves palabras,
la escena:
Ya está en lo alto… -Y, junto a su
Hijo, al pie de la Cruz, Santa María…
y María, mujer de Cleofás, y María
Magdalena. Y Juan, el discípulo que Él
amaba. (se dirige desde la Cruz a Juan)..-¡Ahí
tienes a tu madre!: nos da a su Madre por Madre
nuestra.
“Le
ofrecen antes vino mezclado con hiel, y habiéndolo
gustado, no lo tomó. (Mt 27,34)”
Ahora
tiene sed, de amor, de almas.
“Todo
está consumado. E inclinando la cabeza
entregó su espíritu”
De
pronto, tinieblas cubren el cielo. Un terremoto
sacude la tierra. Unas mujeres lloran. El centurión
que estaba ante el Crucificado, al verle morir
de ese modo, dijo: “Verdaderamente éste
era el Hijo de Dios”.
Longinos,
que así se llamaba este centurión,
nos ha dado la clave: el que ha muerto es el Hijo
de Dios; es el propio Dios que se ha hecho Hombre.
¿Y
qué hace muriendo en la Cruz?
El
Catecismo nos da la respuesta: Cristo murió
en la Cruz para redimirnos del pecado.
¿Y
qué significa “redimirnos”
y qué significa “pecado”?
“Redimirnos”,
según la Real Academia, quiere decir: “rescatar,
sacar de la esclavitud al cautivo mediante un
pago, un precio”. Y también, “poner
término a algún vejamen, a algún
dolor o molestia”
Es
decir, Cristo, con su muerte, nos ha rescatado
de una esclavitud: de la del pecado.
Es
frecuente una concepción algo pueril, ingenua,
del pecado; pero el pecado es el causante de la
Semana Santa.
Pecado
es, ante todo la ofensa a Dios. Pero además,
nos hace daño personalmente, nos debilita,
impide la felicidad humana, tanto personal como
colectiva. Es el origen último de tantos
problemas como a veces hay en las personas, en
las familias,….
Imaginemos
una sociedad en la que se pudiera robar impunemente,
se pudiera matar a todo el que nos llevara la
contraria, el mentir fuera lo habitual en las
relaciones humanas, junto con la calumnia y la
difamación, la mujer no fuera más
que un puro objeto de deseo, se vejara a los padres
y no se respetara la ancianidad ni la niñez.
¿Podríamos
salir a la calle en una sociedad así? Hemos
enumerado una parte de los Diez Mandamientos.
Es más, faltan los que hacen el resumen
y son más “grandes”: amar a
Dios y a los demás por Dios.
Los
Diez Mandamientos son un límite, una ley
de mínimos, que si se sobrepasan, causan
un grave atentado contra la propia naturaleza
de la persona humana; y en nuestros días,
en algunos ambientes se está atentando
gravemente contra su dignidad.
El
problema está, quizás, en que el
hombre moderno, heredero de filosofías
que ya sabemos que han fracasado, que han hecho
daño, lo espera todo de la ciencia, de
una ciencia que ha conocido avances espectaculares,
que ha ayudado a acercar a los hombres, a mejorar
sus condiciones materiales y fisiológicas
de vida; pero una ciencia que, también
y especialmente en los últimos años,
parece dedicar una parte de su esfuerzo a un camino
sin control, atacando la propia vida humana justo
en los estadios más débiles de su
existencia (el nonato, el enfermo, el anciano).
La
libertad es esencial en la persona; no es algo
que “le damos” al ser humano, sino
que disfruta de ella por el mero hecho de ser
hombre. Pero la libertad no es un fin, sino un
medio para luchar por un fin, el fin de la propia
dignidad, del cada día ser mejor, más
“persona”. Si usamos la libertad sin
control, se convierte en algo que puede hacer
al hombre esclavo de sus pasiones o de sus ambiciones.
La libertad tiene su límite en la dignidad,
en lo que es propio de la naturaleza humana. Si
esto no se respetara, si las ciencias experimentales,
la política, la economía, la moda,
no la respetaran, podríamos llegar a una
sociedad que caminase hacia su fin, hacia su propio
desmoronamiento, a su decadencia.
Me
gustaría invitar a los chinchillanos, y
especialmente a los jóvenes, en cuyas manos
está el futuro de nuestro pueblo, a que,
por encima de cualquier ideología política,
del signo que sea, defendamos la dignidad de la
persona; se respete la vida en todas sus manifestaciones.
Y también a que nos sintamos interpelados
por aquellos que, faltándoles lo necesario,
deben luchar por el mero sobrevivir.
Hagamos
algo por desterrar la cultura de la muerte, hagamos
algo por desterrar la miseria. ¡Que defendáis
–que defendamos- la vida! ¡que vayáis
siempre en busca de la verdad!, ¡que descubráis
la belleza del Bien! , ¡apostad por lo bueno,
por lo noble, por lo que engrandece al hombre!
A los jóvenes, el gran Juan Pablo II os
decía: “Sed fuertes. Así conseguiréis
cambiar el mundo gradualmente, transformarlo,
hacerlo más humano, más fraterno,
y al mismo tiempo, más según Dios”
.
En
la Biblia, en el Libro de Job , se describe la
“noche del hombre”, la vida sin esperanza:
“Se alarga la noche y me harto de dar vueltas
hasta el alba. Mis días corren más
que la lanzadera, y se consumen sin esperanza.
Recuerda que mi vida es un soplo, y que mis ojos
no verán más la dicha” .Sin
embargo, el mismo autor, unas páginas más
allá, mira hacia lo alto, a ese Dios que
se ha hecho Hombre, y recobra la esperanza: “Scio
enim quod redemptor meus vivit” (estoy perdido,
pero sé que mi redentor vive).
Esto
es lo que nos recuerda la Semana Santa, la verdad
de la existencia humana. Cristo entrega su libertad,
su vida, por redimir al hombre. El hombre se hace
libre cuando decide, porque así lo quiere,
entregar su libertad por amor. Amor y felicidad
vienen a ser palabras que significan lo mismo.
Pero para que haya amor, para que haya felicidad,
tiene que haber entrega. La entrega mutua de la
madre y del padre; la entrega por educar a los
hijos; el sacrificio por los demás…
la de la amistad…Sin esa entrega el mundo
resultaría inhabitable
En
su Encíclica “Deus caritas est”,
Benedicto XVI dirá como Jesús está
en la Cruz por Amor, un Amor, con mayúsculas,
a través del cual, “hace tomar conciencia
del Amor de Dios” Es, dirá el actual
Papa, un amor que es infinito, y es fuente de
todos los demás amores, que son su reflejo.
Es el hombre que se siente mirado por Dios y querido
por su Padre.
La
Semana Santa, seguimos con Benedicto XVI , señala
un peregrinaje interior, un volver interiormente
a Cristo, a volver a encontrarlo en la Confesión,
en la Eucaristía, en la Misa, y así
redescubrir el sentido de la vida de cada uno.
Es un volver a la Casa del Padre, que nos recibe
siempre con los brazos abiertos.
Tras
la tristeza y el dolor del Sábado Santo,
amanece y lo hace radiante porque llega el domingo
de Resurrección: Cristo que abandona el
sepulcro. No hay dudas: es Dios. Debemos acudir
corriendo a la llamada, como María, que
tanto le amaba; como Juan, como Pedro… Todos
estamos ahora, como cada año, de nuevo
convocados a la Plaza. La mañana es única.
De nuevo el Encuentro, pero ahora ya todo ha pasado.
San Juan vuelve a dejar paso a la Virgen, pero
ahora está sonriendo, es la del Rosario.
Las capas se vuelven…, el negro deja paso
al blanco, la noche a la luz, la desesperanza
a la esperanza, a la alegría profunda de
la Resurrección.
Alegría,
sí. Pero para los nazarenos, un “punto
de pena”: ha llegado el momento de guardar
las túnicas. Pero no de esperar un año
para revivir el mensaje de estos días,
porque forman parte de nuestra vida diaria. Ahora
sabemos que el sufrimiento y el gozo, las alegrías
y las penas, la vida y la muerte, tienen un sentido
distinto.
He
estado leyendo vuestras revistas anuales. Es reconfortante
lo que decís los presidentes de las cofradías
de Chinchilla. Vosotros sabéis y habláis
sencillamente, maravillosamente, de las “verdades
de la Verdad”. Seguro que ayudáis
a mucha gente.
Estoy
finalizando, y lo voy a hacer con unas palabras
de nuestro presidente, D. Diego Gómez ,
en su “Saludo”, del 2005:
“Un
año más nos encontramos ante las
puertas de nuestra gran Semana Santa, un año
más esperamos todos con ansiedad que lleguen
los días de ponernos la túnica y
coger el tambor y salir a desfilar…
Y
en ese mismo artículo, se despedía
así: “Vamos a vivir la Semana Santa
que Jesús nos enseñó, la
vivida dentro de la fe de este pueblo, porque
en Chinchilla es la Semana Santa de las murallas,
la única, la peculiar y tradicional, pero
ante todo es la nuestra, la vivida dentro y cada
uno de nosotros con toda la pasión nazarena.
¡Vívela!”
Quiero
dar expresamente las gracias a D. José
Requena, y con él a toda la Cofradía
del Santísimo Cristo de la Agonía,
Santo Entierro y los Romanos, que hace unos meses
me honraron nombrándome Hermano de la Cofradía.
Gracias, es un honor que agradezco y valoro.
Gracias
a D. Feliciano Madrona, presidente de la Soledad:
los detalles de gran calidad humana que tuvo el
año pasado cuando volví a vestirme
de nazareno después de tantos años,
me emocionaron. Gracias también a D. Manuel
Alcázar, que me ha brindado su ayuda y
colaboración con documentos, con datos,
sobre todo con su tiempo. Por supuesto, a D. Joaquín
Gabriel: quizá él sea el primer
culpable de que esté yo aquí leyendo
este pregón: Muchas gracias, Joaquín.
Y, como no, de nuevo al tío Joaquín,
D. Joaquín Campillo, por sus palabras,
por haber estado con nosotros esta noche.
Y
gracias a todos: a la Junta de Cofradías,
al Sr. Alcalde, al Sr. Párroco, y en definitiva,
a todos los que cada día cuidáis
de este pueblo. Y, por supuesto, a todos los chinchillanos.
Es una gran suerte haber nacido en Chinchilla.
¡Que
la Virgencica de las Nieves nos proteja a todos!
Pedro Joaquín García Campillo
Chinchilla, 8 de Abril de 2006
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