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Sr.
Cura-Párroco
Señor Alcalde
Autoridades
Presidente y directivos de la Junta de Cofradías
Presidentes y Juntas Directivas de las Hermandades.
Presentador del acto, Vicente Albujer, buen chinchillano,
buena persona y buen profesional de la radio y
en estos días mejor redoblador de tambor.
Paisanos y amigos. Buenas tardes y bienvenidos.
Una tarde, a finales de enero,
recibí en los estudios de la radio, la
visita de Joaquín Gabriel García.
Iba en nombre de la Junta de Cofradías
y quería hablar conmigo.
No sé si lo que
te voy a proponer es (con perdón) un marrón
o un honor- me dijo-. En la última reunión
de las cofradías te propusimos para ser
el pregonero este año y por unanimidad
se aceptó la propuesta. (En ese momento
yo sólo deseaba que Joaquín siguiera
hablando y tener tiempo para buscar una respuesta),
pero no fue así, se calló y ya tenía
al toro en la plaza. Bueno-le dije- creía
que me pedirías que presentara algún
acto de estos días, pero jamás pensé
en lo que me acabas de anunciar. Para ser sincero,
si que es un marrón(entendido como una
gran responsabilidad), pero que duda cabe que
es un honor.
Hablamos un rato y se marchó
sin un sí ni un no, pero los dos sabíamos
que aceptaría. Como no lo iba a hacer,
si es la Semana Santa de mi pueblo, la tantas
veces esperada, vivida y alabada; como no lo iba
a hacer si todas las cofradías dijeron
SI, sin peros ni dudas. Este es el gran motivo
de que ahora esté aquí. A todos,
mi profunda gratitud.
En los días siguientes,
pensé que esto era demasiado, que hay mucha
gente que lo merece antes que yo, por preparación,
vivencias o años, y no lo digo por quedar
bien, lo siento como lo cuento.
He vivido la Semana Santa de
varias maneras:
Los primeros años de
nazareno con “los moraos”, la cofradía
de mi familia.
Después, con 8 ó
9 años, de monaguillo, posiblemente el
periodo más intenso, ya que estábamos
en todos los actos, dentro y fuera de la Iglesia.
Ayudábamos a montar los santos en las andas,
preparábamos el monumento, abríamos
los portones, tocábamos las campanas, hacíamos
de apóstoles en los oficios, portábamos
la cruz guía en las procesiones... y así,
todo lo que se nos pedía.
Años más tarde,
colgué la túnica y me quedé
como espectador, sin dejar ni un momento la cámara
de fotos. Ahora me gusta verlas y apreciar los
importantes cambios en los últimos años.
Entre 1997 y 2002 tuve la gran
suerte de hacer las primeras retransmisiones integras
para una televisión local, Televisión
Albacete.
Recuerdo un Viernes Santo que
a las 8:30 de la mañana estaba nevando
con ganas. Teníamos todos los equipos montados
y a una hora del comienzo del encuentro, mis compañeros
me dijeron: -desmontamos y nos vamos, esto se
suspende, ¿pero como van a salir con lo
que está cayendo?- se preguntaban. -No
hagáis nada, os garantizo que la procesión
sale y el encuentro se hace-. Y así fue.
Aunque paró de nevar yo sabía que
podían más las ganas, la devoción
y la tradición que el frío (casi
siberiano), entrando sin compasión por
el arco de la plaza, por las cinco calles o por
la piedra de los muertos. En la memoria estaban
muchos recorridos lluviosos, tardes de tormenta
con las imágenes tapadas con plásticos
o trasladadas a marcha rápida para buscar
la protección de la iglesia.
En estos últimos años
he vuelto al capuz y a la fila, ahora, con el
Cristo de la Agonía.
Y, para cerrar mi paso por
las cofradías, (aunque no me he vestido
nunca) también soy de las Angustias, por
aquello de haber hecho la mili en el polvorín
de aviación.
Según Francisco Martín,
Profesor de la Universidad Pontificia de Salamanca,
las procesiones traen su origen de finales de
la Edad Media, cuando oleadas de penitentes pobres
y sin herencia, corren los caminos de Europa portando
imágenes, flagelándose y entregándose
a largas penitencias.
Estamos en la Europa todavía
feudal, dominada por dos grandes poderes: el Imperio
y la Iglesia. Nobles y altos eclesiásticos
abundan en riquezas mientras que el pueblo permanece
en la miseria y pasa hambre. La devoción
popular había expresado hasta entonces
a un Cristo triunfalista, glorificado y dominante,
señor del mundo, como señores eran
sus representantes en la tierra, el papa y el
emperador. Mientras, el pueblo se va a la búsqueda
de un Cristo humano, que sufre, pasa hambre como
él y es despreciado. La idea de este Cristo
se extiende por todo el continente y cobra fuerza
con los flagelantes, como consecuencia de la peste
negra que asola a pueblos y ciudades en el siglo
XIV.
Por todos los caminos de Europa
se organizan procesiones. Apuntan los cronistas
que estos flagelantes iban desnudos hasta la cintura,
azotándose con látigos de cuero
que acababan en púas de hierro, pidiendo
perdón a Dios y piedad a Cristo y a la
Virgen. Cuando llegaban a los pueblos, hacían
representaciones religiosas con las imágenes
que portaban, ya fuera en las plazas o en los
templos.
En ese escenario de la España
del XVI, empezó la Semana Santa de nuestro
pueblo.
Los primeros datos escritos
están fechados en el año 1584, sobre
la Hermandad de la Santísima Sangre de
Cristo, hoy los de "la sangre", que
tienen el privilegio de ser los más antiguos
junto a Nuestro Padre Jesús Nazareno, año
1609 y los Apóstoles 1612. Estas eran las
únicas tres hermandades religiosas que
participaban en las dos procesiones del momento
(Jueves y Viernes Santo).
Entre 1710 y 1910, aproximadamente,
la Semana Santa se nutrió de valiosas novedades,
hoy, singulares riquezas del pasado.
Tras este paseo desde los orígenes,
quiero contaros otra parte del pregón que
he llamado
RECORDÁNDOTE:
Siempre se ha dicho que, junto
a la pasión cantada, uno de los sellos
de identidad de la Semana Santa chinchillana son
LAS BOZAINAS. Innumerables son los reportajes
que se han hecho para ellas en prensa, radio y
televisión. Creo, sin desmerecer otras
cosas que es lo que más publicidad nos
ha dado a nivel nacional y fuera de nuestras fronteras.
El que os habla se apasiona
con el sonido de estos instrumentos de viento,
el toque de la campana y el tambor y el roce con
los guijarros de las viejas ruedas de madera.
Pero lo que gozo y disfruto
escuchándolas hoy, tuvo su precio en la
infancia. No sé si a alguno de vosotros
os ocurría lo mismo pero yo no olvido,
con 6 o 7 años, el miedo que pasaba, cuando
las oía desde la cama en las silenciosas
noches de invierno. Tras un primer intento de
falsa valentía, que consistía en
meterme debajo de las mantas, (y eran varias)
el siguiente paso era salir de la habitación
como un rayo a la salita donde estaban mis padres
con cualquier excusa o necesidad infantil, que
no necesitaba. Cualquier cosa valía antes
que reconocer que tenía más miedo
que eso... , lo que estáis pensando. Cuando
aquel cortejo de sonidos fúnebres abandonaba
mi calle, volvía al calor de la cama, que
seguía siendo refugio, por sí acaso.
Las bozainas permiten formas
diferentes de vivirlas:
Puedes acompañar al
grupo sintiendo de cerca el toque de los instrumentos,
ayudando a salvar algún tramo de escaleras,
degustando un vaso de mistela en el portal de
algún vecino y escucharlas a pocos metros,
eso sí, guardando silencio el tiempo que
dura la melodía. Algo que creo deberían
exigir los de la cofradía, pedir a los
acompañantes que no hablen en ese momento,
como señal de respeto y sobre todo, para
oírlas.
Otra forma de vivirlas pasa
por escucharlas desde la lejanía. Su sonido
se preña de encanto y misterio cuando te
llega el eco que produce el cerro, las murallas
de barricuenca o cualquier hondonada entre las
calles.
Ese juego de ecos y rebotes,
genera un tercer encanto caprichoso de las bozainas,
lo difícil que es dar con ellas. Puedes
estar en Santo Domingo creyendo que no andan lejos
y a lo mejor están tocando por Santa Ana
o por las cuevas.
El canto de la Pasión:
Unos textos musicados, (30 estrofas), que relatan
las últimas horas de vida; la muerte y
la resurrección de Jesucristo. Aunque sin
una fecha clara en los archivos pudo estar compuesta
en el siglo XIII, cuando en Chinchilla convivían
cristianos, musulmanes y judíos.
Se trata de un canto
llano, escrito en letra castellana y con música
judeo-árabe. Gracias a la transmisión
oral, a un hombre con voz rota y antigua, Eduardo
Cebrián, y a un grupo de nazarenos, la
pasión se recuperó en los años
setenta, llegando hasta nuestros días con
el mismo sabor de los siglos y con la compañía
de instrumentos, las chirimías.
Esta joya del patrimonio
musical, está recogida en un CD que hace
4 años grabó la Capilla Antigua
de Chinchilla, por empeño y cariño
a este pueblo del tenor, José Ferrero.
Las bozainas, que salían
por separado repartidas en las cofradías
de la sangre y Jesús Nazareno.
El grupo de los Armados, que
se han recuperado este año.
Otras incorporaciones de aquella
época fueron, el encuentro de Viernes Santo
(que sé hacia a las siete de la mañana)
y la procesión del resucitado.
Así pasaron esos 200
años, ricos en aportaciones, aunque también
con problemas, que felizmente se solucionaban.
Si una cofradía desaparecía, cosa
que ocurría con facilidad, las otras asumían
la titularidad de las imágenes para seguir
saliendo en las procesiones. Entre todas las hermandades
sacaban más de 15 pasos, incluyendo a San
Pedro de Matilla que por 1870 era el patrón
de Chinchilla.
Dicen las crónicas,
que los primeros años de 1900, estuvieron
marcados por la desgana y la falta de motivación,
ofreciendo una pésima imagen de abandono
y desidia.
Pero como curiosidad de aquellos
años, cuentan que vivía en Chinchilla
un señor que se llamaba Pepe Domingo. Era
el dueño de una fonda que estaba en la
calle Obra Pía, conocida como la fonda
de “Pepe Dios”, sobrenombre que se
ganó porque durante la Semana Santa representaba
a Jesús. Lo hacia el Domingo de Ramos,
a lomos de un borrico subía desde Santo
Domingo a la Plaza donde le recibían con
palmas y ramos de olivo.
El Jueves Santo, en un cercado
que había en Santo Domingo, se escenificaba
el “Huerto de los Olivos”, al anochecer
aparecía judas con un pelotón de
romanos y prendían a “Pepe Dios”.
Lo subían maniatado hasta la Plaza. En
el balcón del antiguo juzgado situaban
la casa de Herodes y en el Ayuntamiento la casa
de Pilatos. Una vez condenado, “Pepe Dios”
era coronado de espinas, simulando la sangre con
pavonazo. En la puerta del mesón de Las
Peras, cargaba “Pepe Dios” con la
cruz. La cara llena de pavonazo era limpiada por
otra vecina del pueblo que hacía de la
Verónica. Después aparecía
el cirineo que le ayudaba con la cruz.
Tras este paréntesis
de distracción en los difíciles
años que hemos contado, y como todo lo
que baja, sube, en 1926, la ilusión de
un grupo de paisanos se plasmó en la fundación
de una nueva cofradía, Nuestra Señora
de la Soledad, haciéndose cargo de la imagen,
que ya desfilaba e incorporando la primera banda
de cornetas y tambores.
La llegada de la guerra civil
se llevó por delante, como en toda España,
toda la imaginería, gran parte del famoso
escultor murciano, Francisco Salcillo, salvándose
únicamente la Virgen de Las Nieves que
pasó los tres años de contienda
en un arcón del Ayuntamiento.
Hace poco me contaba una persona
mayor algo sobre aquellos hechos. No sé
si es verdad o leyenda popular, me decía
que en el traslado de los santos al paraje de
La Montera, la mano de San Juan rozó con
la barandilla de un balcón, quedando en
su interior algunos dedos rotos que, según
esta persona, hoy se guardan en una casa del pueblo.
Y acabó reflexionando mi informador, con
un toque de humor: San Juan pensó, el dedo
no lo bajo, antes, me lo quito.
La década de los cuarenta,
llega con más hambre y calamidad que ganas
de recuperar lo perdido, pero a pesar de los pesares,
la Semana Santa no se olvida.
Vuelven los Apóstoles,
con el Cristo del Sepulcro.
Se compran varias imágenes,
entre ellas, La Soledad, que hoy preside este
acto y es la protagonista del cartel. Y sobre
todo, el pueblo, que de paisano, va incorporándose
a las procesiones.
Los años cincuenta,
gracias a los archivos conservados y al testimonio
de los mayores que recordaban como se hacia antes,
traen el gran resurgir de aquello que empezó
400 años atrás.
Se refundan cofradías:
“los moraos”, “el cristo”,
“la sangre” y “la soledad”.
Con mucho esfuerzo (principalmente económico),
se compran telas para las túnicas, banderas
y galas, se encargan cetros y cirios y se adquieren
algunas andas.
En 1954 se crea San Juan Evangelista,
la única cofradía con un marcado
carácter gremial. No olvidemos que parte
del origen de la Semana Santa en España,
se debe a la vinculación de los gremios,
personas que vivían del comercio o de otro
oficio artesanal y que se agrupaban para fines
piadosos o benéficos.
San Juan, conocida popularmente
como la de “los cerámicos”
nació en el seno de la fábrica de
ladrillos, unida al barro chinchillano, el que
tanto pan y tantas alegrías han llevado
a muchas casas del pueblo, y tantas horas de sueño
ha robado.
Cuando estaba escribiendo esto-
y no tiene nada que ver con el tema que nos ocupa,
o si- me acordaba de aquella mañana de
primavera, a principios de los años ochenta,
que aprovechando el Rosario de la Aurora, se llevó
a la Virgen de la Nieves a la fábrica.
Se buscaba en la Patrona una ayuda para salir
de los durísimos momentos por los que atravesaba
la cooperativa que ahogaba sin consuelo a unos
socios desesperados y por consiguiente a sus familias.
Tiempo después comprobamos con alegría
como desaparecieron los problemas y se entró
en un periodo de bonanza que llega hasta nuestros
días. A lo mejor la Virgen sabrá
algo. Que nunca os duela el hombro, hermanos de
San Juan, cuando en Viernes Santo y Domingo de
Resurrección portéis la imagen del
evangelista indicando a una madre el duro camino
que le lleva ante un hijo moribundo y dos días
después le adelantéis la noticia
de un sepulcro vacío.
La cofradía más
joven es la de Nuestra Señora de las Angustias.
Fundada en 1984 con los antiguos soldados de aviación,
como imagen titular asumió la portada hasta
esa fecha por” los moraos”. En 1995
dio un giró a sus orígenes para
permitir la incorporación de las mujeres,
que años después serían las
encargadas de portar la imagen de la Magdalena.
Yo nunca he tocado el tambor
ni la trompeta, pero durante muchos años
no me perdía el recorrido que hacíamos
los chiquillos por lugares entrañables
como La Samba (junto a la tienda de Julio Tebar,
que en estas fechas llenaba el escaparate de capuces
de cartón). El taller de carpintería,
justo a la vuelta del auditorio, el edificio de
Santa Ana, las cocheras de Santo Domingo, o el
palacio de la corredera. Era el recorrido por
los ensayos, nos servia de entretenimiento y estábamos
a cubierto, algo necesario en las últimas
tardes de invierno.
De los recuerdos imborrables,
posiblemente de los que más, aparece la
representación del famoso musical Jesucristo
Superestar. Esto sé hacía en el
convento de Santo Domingo hace ya 25 o 30 años.
Fue otra de las grandes ideas del siempre querido
y recordado, Victoriano Navarro Asín, cura
de Chinchilla durante 10 años.
Los medios técnicos
no podían ser más humildes: unos
cuantos focos de colores, una mesa de mezclas
hecha con llaves de la luz, un radio cassete,
un proyector de diapositivas, papel de estraza
para los decorados y sábanas para el telón
y la pantalla.
Los actores pertenecían
a un grupo de muchachas y muchachos (todos de
aquí y conocidos) cargados de ilusión
y de ensayos. Si se hacían 3 o 4 representaciones
de este éxito mundial-versión Chinchilla-
yo estaba en todas, como la mayoría del
pueblo.
Pero, a parte de las
luces, la puesta en escena, la música y
el sano objetivo de enseñar y distraer,
había algo más. Había una
forma más comprometida de vivir las creencias,
la Semana Santa, la Navidad o cualquier actividad
que organizase la Iglesia. Existía una
vinculación más comprometida con
la vida cristiana (esto es sólo una percepción,
no afirmo).
Posiblemente una de las razones
la encontramos en el proyecto OSARIUM CLUB, después
CAPRI JUNIOR. Los que vivimos aquella época
valoramos sin límites que se hiciera algo
así por la gente joven. Los de hoy envidiarían
algo parecido. De la Iglesia, del Ayuntamiento
o de los dos.
La Semana Santa que estoy desempolvando,
era mucho más sencilla y pobre, en adornos,
estética y participación que la
actual.
De los años ochenta
me quedo con la procesión del Silencio
en Miércoles Santo, cuando el Cristo de
la Agonía era portado a hombros por cuatro
personas (se hizo así porque no había
gente suficiente para sacarlo en andas). Unas
cintas de cuero sujetaban la cruz con Cristo clavado,
tímidamente iluminado por unas cuantas
bombillas que alimentaba la batería de
coche atada al madero. Siempre he tenido predilección
por este Vía Crucis. El silencio y el solitario
tambor moldeaban la noche para el pensamiento
y la reflexión.
La del prendimiento, en la
tarde del Jueves Santo, salía con la huella
de la última cena, oficiada unas horas
antes. Era la primera que contaba con varias cofradías
y con la potente imagen del Ecce Homo perdiéndose
por la estrechez de Obra Pía.
El día de la muerte
y entierro de Cristo venía cargado de sensaciones.
Cada hora que pasaba traía más que
la anterior. La mañana la resumo con una
parte del Canto de la Pasión.
“En la calle de amargura
se encontraron Hijo y Madre,
y abrazados estuvieron orando al Eterno Padre.
Adiós, madre-dice el
hijo-adiós, rostro soberano
que voy a morir muy pronto por todo el linaje
humano.
Siento tu muerte, hijo mío,
como madre, más con todo,
la voluntad de Dios Padre se cumple de cualquier
modo”.
A cualquier persona que le pidas recomendación
sobre una procesión que se celebre en su
pueblo, seguramente hablará del Santo Entierro.
Yo también lo hago. Me cuesta ordenar los
momentos que emanan de esa noche, inundada de
detalles y emociones. Las cofradías enlutan
sus vestimentas, capas, galas, guantes y fagines,
hasta las sotas, cambian la pluma blanca por la
negra.
Sin olvidarme de ninguna cofradía,
esa noche mi prioridad era la salida del Santo
Sepulcro recibido por el toque de las bozainas.
La Virgen de la Soledad entre una hermosura de
flores y la compañía de “las
Manolas”, que tanto frío pasan y
tanto nos hacen pasar. Mi reconocimiento a esas
mujeres, también en la mañana del
domingo.
El Sábado Santo era
el traslado del Virgen del Rosario.
Si el domingo acompañaba
el tiempo, estaba asegurada una buena mañana
para el Resucitado. Las bandas tocaban sus marchas
ligeras, las caras descubiertas, la plaza llena
de gente intentando adivinar que cofradía
llegaba y por que calle. En el momento del encuentro
me gustaba estar cerca de la Virgen del Rosario
para disfrutar del instante en que es bajada al
suelo para ponerle entre sus brazos la hermosa
talla del niño Jesús.
Si hablo del desfile final,
una vez celebrada la misa, me acuerdo de aquel
hombre alto y vestido de negro. Me acuerdo de
Baltasar Madrona. Nadie le ha puesto tanto estilo
y tanta precisión a las revueltas que daba
al llegar a los cañones. Se paraba en seco
esperando la llegada de los suyos, sabiendo que
los aplausos le pedían más. Y podía
hacerlo, aceleraba y de una metía la marcha
atrás. Era un no querer dejar la plaza
porque una vez que se pisaba el muro casi empezaba
la del año siguiente.
Siguiendo los pasos de “Balta” aparecía
la Virgen del Rosario que cerraba el desfile bajo
una lluvia de caramelos, los que habíamos
comprado en los quioscos de Federo, Pedrín
o la Teresica, seguramente de Hellín.
Y así he ido viviendo
lo nuestro. Exprimiendo cada instante para complacer
a los cinco sentidos.
El olor de las flores en los
tronos, el incienso purificador o las bolas de
polilla al abrir los baúles de las túnicas.
El tacto en la piel del tambor
o en los cirios helados.
La vista por los ojos de un
capuz que te permite conocer sin que te conozcan,
los ojos de un capuz para ver a la gente mayor
o impedida viendo la procesión desde algún
portal, desde un balcón donde ya cuelga
la palma del Domingo de Ramos o detrás
de un visillo que limpia alguna lágrima
emocionada.
El oído para las bozainas,
para una saeta, para el llanto de un niño
que no aguanta más, para las ordenes a
los portadores cuando pasan las imágenes
por debajo del arco, para la matraca en la hora
nona y sobre todo, para el silencio.
Semana Santa de los cinco sentidos
que vuelve con el gusto y el olor.
Treinta y tantos años
después sigo buscando lo que hacían
(y siguen haciendo) las manos de mi madre; las
comidas de cuaresma, los rollos fritos a los que
les hacía dos catas, una primera siendo
masa y una segunda antes de enfriarse. Los rellenos
dulces con canela y corteza de limón. Por
suerte sigo teniendo esas tardes de olores y sabores
de una feliz infancia, mucho más en Semana
Santa.
Quiero destacar el trabajo
que se hace desde la Junta, las cofradías
y la Iglesia. Son muchas horas de preparativos
y reuniones. Tiempo restado a la familia o al
descanso.
El esfuerzo de la Agrupación
Musical Virgen de las Nieves que dirige Antonio
Cortijo.
Esfuerzo porque muchos músicos tienen que
elegir entre la banda y su cofradía y no
es fácil. Pero la banda sigue saliendo
aportando un toque de elegancia y solemnidad.
Ahora y por deformación profesional, tengo
que el honor de adelantaros una noticia. Este
año la banda tocará una nueva marcha
procesional llamada “Cristo de la Agonía”
que ha compuesto mi amigo Fernando Rodenas. El
estreno el martes que viene.
En cuanto a novedades de los
últimos años destaco en primer lugar
la representación “Pensando en la
Pasión” del Martes Santo. Si no me
hubieran dicho de quién fue la idea, sé
con seguridad que nuestro cura no estaría
lejos. Felicidades, Sebastián Aguilar,
por lo conseguido en su rincón favorito,
la puerta de Diablos y Tiradores. El enterramiento
del señor en la cueva de la Rupia, inundada
de velas, es de una belleza difícil de
superar.
También de la Iglesia
partió la idea de hacer una procesión
infantil en la tarde del lunes. Algo que después
copiaron en otras localidades de la provincia.
Reconozco el interés
por los detalles menores, pero no menos importantes.
Es un acierto cambiar la luz artificial de los
pasos por velas naturales o cera líquida.
El haber conseguido unificar
el color de las cofradías. No quedan muy
lejos los años en que teníamos todas
las gamas de verdes, azules, rojos y morados.
El rectificar cuando se vistieron
imágenes que no eran de vestir. Se comprobó
que no quedaba bien y se dejaron como estaban.
Ante todas las novedades, retos
y aportaciones que caben en nuestra Semana Santa,
sería bueno que se partiera de una idea:
Buscar más la calidad que la cantidad.
En el año 2000,el periodista
Carlos Herrera, fue el Pregonero de la Semana
Santa de Sevilla. La parte final decía
así:
“Hace ya dos milenios
vivió un hombre que sólo saboreó
la vida durante treinta y tres años: era
hijo de un humilde carpintero, nació en
un pequeño pueblo y vivió en otro
hasta que cumplió los treinta. Nadie supo
nada de él durante ese tiempo. Predicó
entonces durante tres años. Nunca tuvo
una familia, ni un hogar, ni vivió en una
gran ciudad. Nunca viajó más allá
de doscientos kilómetros de su lugar de
nacimiento. Jamás escribió un libro,
ni abrió una oficina, ni fundó una
compañía. Él perdonó
a sus enemigos y fue crucificado entre dos ladrones.
Al morir, sus ejecutores
se sortearon la que era su única propiedad,
su túnica, poco antes de ser enterrado.
Han pasado veinte siglos, dos mil años,
y ese sencillo hombre es hoy la figura central
para gran parte de la humanidad. Todos los ejércitos
que han desfilado, todas las armadas que han navegado,
todos los reyes que han reinado, juntos, no han
tenido la misma influencia sobre la vida de los
seres humanos que tuvo ese hombre que protagonizó
una vida solitaria”.
Parte de lo contado esta noche
se lo debo a los trabajos de investigación
y publicaciones de Placi Ballesteros, Joaquín
Molina, Manuel Alcázar y Manuel Collado.
Gracias. También a Carmen Muñoz,
por la locución del video inicial. A Mairena
Montejano, Pedro Camacho y Santiago González
por el montaje informático de imágenes
y fotos.
Me marcho con dos compromisos:
El Primero: seguir poniendo
la radio donde trabajo a disposición de
la Semana Santa o de cualquier actividad que se
celebra en el pueblo.
El Segundo: pasa por hacer
lo mismo que mucho habéis hecho y otros
hacéis ahora. Enseñar a los hijos
como y porque celebramos la Semana Santa.
Yo tengo dos, Nacho con cinco
años, que dice que este ya se viste para
salir con su primo Fernando y Mateo que con dos
años, tararea, cuando quiere, el toque
de las bozainas. Los dos han pasado la prueba
de tener los tambores a la altura de la cara y
no llorar.
De familia también les viene algo: Su abuelo
paterno, Pedro García, mi padre, desfiló
junto a Diego Campos y Antonio Albujer con los
primeros tambores en el año 1954 y redobló
el tambor durante muchos años en la cofradía
de Nuestro Padre Jesús Nazareno. Su bisabuelo
materno, Juan Segovia, participó en la
Fundación de la Cofradía San Juan
Evangelista.
Y la madre de las criaturas,
Beatriz Madrigal, aprobó con buena nota
las duras pruebas a las que le sometí.
Ha llegado a ver la misma procesión tres
veces. A la salida de la iglesia, cruzando la
plaza y entrando por el arco. Para más
INRI, si venía la cosa bien le proponía
un ultimo recorrido por el interior de la Iglesia.
Todo eso sin faltar ningún año y
aguantando mis ganas de procesiones, dos meses
antes.
Lo de mis hijos no sé
si lo conseguiré, pero si no la quieren
más, la querrán tanto como vosotros.
Que tengamos una Semana
Santa tranquila y sin enfrentamientos, no merece
la pena. No se es más ni menos por tocar,
desfilar o portar de una forma o de otra.
“Dicen que no hay soledad
más intensa que la de un ser humano que
ha perdido un hijo. Carne de su carne, se le va
la vida propia en su muerte”.
Dedico este Pregón a
la Virgen de la Soledad y a todas las madres.
A las que están y a
las que se fueron un día cualquiera, vestido
de viernes santo, hacia un eterno Domingo de Resurrección.
Ha sido un honor, queda
pregonada la Semana Santa
Chinchilla 31 de marzo de 2007.
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