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Autoridades civiles,
militares y eclesiásticas; cofrades, nazarenos,
chinchillanos y chinchillanas; queridísimos
todos.
Es para mí motivo
de profunda alegría encontrarme aquí
esta noche, en Chinchilla, en el pórtico
de la Semana Santa. Son muchos años los
que llevo viviendo estas fechas por otros lugares
de nuestra geografía y de otras geografías
del mundo… pero siempre llevé conmigo
vuestro recuerdo y con mi pensamiento seguía
los pasos de vuestros “pasos” en las
procesiones gracias a D. Sebastián que
de vez en cuando me ha enviado programas. Bien
sabéis que siempre os llevo en el corazón
como sé que vosotros me guardáis
en el vuestro. Esto es hermoso y es el motivo
por el que esta noche estoy aquí, de nuevo
(bastante nerviosa y emocionada, por cierto).
Y es también motivo
de hondo agradecimiento y un gran honor, el que
me hayáis elegido para hacer este solemne
pregón que abre las celebraciones de la
Pasión, Muerte y Resurrección de
Nuestro Señor. Os doy las gracias de corazón
y os confieso que no me esperaba esto. ¿Cómo
me iba a imaginar que pudieseis pensar en mí
como pregonera? No me considero con la talla suficiente
(soy bajita) para participar en semejante acto.
Sentí una especie de angustia, de temor,
en definitiva: de responsabilidad al disponer
sólo de mis palabras para poder expresar
tanto recuerdo, tanta emoción, tanta vivencia,
tantos sentimientos… pero, a la vez, acudieron
a mi mente vuestros rostros, vuestros nombres,
todo lo que vivimos (y seguimos viviendo juntos
cada vez que se acerca la Navidad) y le dije a
Joaquín: “siempre que he acudido
a vosotros os he encontrado, si ahora acudías
vosotros a mí… aquí estoy”,
con bastante miedo; pero aquí estoy.
No sé si seré
capaz de expresar todo lo que llevo en el alma.
Es muy alto el listón que han dejado, en
este acto, mis predecesores; pero, como he dicho,
lo intentaré:
Desde hace siglos, esta bendita
y acogedora tierra, ha mostrado un fervor especial
hacia la celebración de la Pasión,
Muerte y Resurrección del Señor
(de esto dan fe las fechas de fundación
de las distintas cofradías) y de alguna
manera, esta celebración, ha ido marcando
el camino y la vida de la ciudad de Chinchilla
haciendo de sus ciudadanos cofrades y, en las
cofradías haciendo fructificar los valores
cristianos de la hermandad, el compromiso y la
solidaridad…tan necesarios para llevar adelante
tareas comunes: ese saber ceder para no romper
la armonía entre los cofrades y entre las
cofradías, esa disposición interna
para perdonar los fallos (que todos tenemos) y
esa grandeza de alma para seguir adelante por
encima de las diferencias, los atropellos y tantos
pequeños o grandes disgustos que sufrimos
cuando se trata de conjugar los distintos puntos
de vista etc.
Lo importante es que hoy, un año más,
habéis sido capaces de pasar la hoja de
los fallos que se acumulan a lo largo del año
y aquí estáis de nuevo con el ánimo
a punto, dispuestos a celebrar con ilusión,
fervor y entusiasmo esta gran Semana.
Y es que la celebración
solemne de la Semana Santa está arraigada
en la historia y en la esencia de esta ciudad.
Me llamó la atención que en el año
1584 ya se reúnen cofrades de la “Hermandad
de la Santa Sangre de Cristo”. Esto hace
pensar que mucho antes ya había celebraciones
en Chinchilla y disposición de organizarse.
Hoy lo que quiero subrayar es que: tanto en los
comienzos de la Semana Santa chinchillana, como
después a lo largo del tiempo hasta llegar
al momento actual en que contáis con el
reconocimiento de “Fiesta de interés
turístico regional” (por lo cual
os felicito de corazón) vuestras hermandades
han sabido conservar y transmitir esta manera
propia de expresar la fe siendo para otros pueblos
ejemplo de constancia y superación hasta
situaros, entre aquellos lugares importantes de
nuestra geografía, que celebran la Semana
Santa.
Os confieso que desde aquél
lejano 19 de septiembre de 1983, en que por primera
vez pisé Chinchilla, siempre he contemplado
con simpatía, respeto y admiración
vuestro modo peculiar de vivir y hacer vivir la
Semana Santa. Simpatía porque cuando quieres
a alguien amas todo lo que aman esas personas.
Respeto porque en vuestra manera de vivir estos
días habéis sabido hacer vuestra
la manera de vivir la Pasión del Señor
de vuestros antepasados, y ese querer ser fieles
al legado que recibisteis me inspira profundo
respeto. Admiración porque esta Semana
es el fruto de muchas semanas de esfuerzo, paciencia,
constancia, voluntad… y esto lo hacéis
año tras año con la mirada puesta
en que todo esté “a punto”
para la fecha. Por eso dije antes que la Semana
Santa ha marcado y marca en gran parte la vida
de Chinchilla.
Recuerdo que aún conservábamos
el gustillo a turrón y a mazapán
cuando ya estaban los jóvenes y chiquillos
con los tambores y cornetas corriendo por las
gélidas calles de nuestro pueblo hacia
el punto de encuentro de su cofradía…
Ya no podían faltar a la cita: “tenían
que ensayar” y me dejaban a medias las reuniones
que teníamos programadas en la Parroquia
o, sencillamente, no acudían. Aún
resuenan en mis oídos las vocecillas de
los que hoy ya son padres de hijos creciditos,
que ante mi insistencia en que acudieran a los
grupos de catequesis me decían: “Mª
Teresa, es que tenemos que ensayar” y es
que tenían claro (y a mí me dejaban
“claro”) que “lo primero era
el compromiso con su cofradía”.
No llegué a asistir
a ningún ensayo pero me imagino el derroche
de paciencia, y el aguante de los mayores, para
conseguir día tras día, año
tras año, ensayo tras ensayo, ir pasando
“la antorcha” a los más jóvenes
que venían “empujando”, queriendo
participar… y lograron entusiasmarlos hasta
el punto de ser ellos, vosotros… (aquellos
chiquillos con los que yo convivía a diario
en la escuela y en la catequesis) los que hoy,
seguramente, enseñan o enseñáis
a vuestros hijos.
El tiempo ha seguido su curso
y durante estos años de mi ausencia, la
Semana Santa chinchillana se ha ido renovando
y transformando de un modo muy notable. Se ha
ido enriqueciendo sin perder lo peculiar y esta
noche, me siento muy contenta de poder felicitaros,
sinceramente, por ello. Pero soy consciente de
que no habrá sido tarea fácil.
Yo lo contemplo con
los ojos de admiración de la que estuvo
ausente largos años y al volver se encuentra
que todo ha cambiado, ha mejorado.
Se ha ganado en las imágenes:
unas son nuevas, otras se han restaurado. Se ha
ganado al incorporar a los niños a las
procesiones; da gusto verlos desfilar con tanta
dignidad por nuestras calles creando ya el clima
propio de estos días de Pasión.
Por tanto, se ha ganado en belleza, en participación,
compromiso, en ganas de hacer bien las cosas.
El llegar hasta aquí, ha requerido el esfuerzo
de todos, en mayor o menor grado; pero de todos
y todas:
• De vuestro párroco,
D. Sebastián, que con la creatividad que
le es innata, seguro que os fue aportando ideas
nuevas, nuevos modos de hacer más hermosas
las celebraciones, las procesiones…siempre
intentando “acercaros” a vivir más
profundamente el Misterio Pascual.
• De cada una de las
cofradías, que en su deseo constante de
mejorar los actos propios de esta Semana, no escatimaron
esfuerzos de ensayos, de organización.
Y todo esto en horas “extra”, es decir,
después de la jornada laboral.
• De los que cantan la
Pasión que, ensayo tras ensayo, logran
superarse cada año.
• En definitiva, de todas
las familias de Chinchilla, puesto que en cada
familia hay cofrades, y para que unos desfilen
con la túnica y el capuz impecables, el
traje de romano, de sota o de apóstol…
otras (las madres generalmente) tuvieron que bajar
las cajas, donde se guardan, de lo alto del armario
y lavar, planchar y poner todo a punto.
Esto que enumero rápidamente
ha supuesto mucho de colaboración y diálogo
dos valores cristianos por excelencia que os deben
mantener, a lo largo del año, prolongando
el fruto de lo vivido y celebrado en estos días.
Aún recuerdo mi primer
contacto con todo lo que suponen vuestras tradiciones;
fue el primer sábado de cuaresma de 1984
cuando las “Bozainas” se detuvieron
a nuestra puerta y lanzaron su profunda llamada
o lamento… en ese momento me di cuenta de
que la Semana Santa de los chinchillanos debía
ser algo muy especial. No me equivoqué.
Desde esa noche, cada sábado de cuaresma,
las tres hermanas, al brasero, esperábamos
a los panaderos y al grupo de gente que los acompañaba,
hasta que se paraban a nuestra puerta… Las
“bozainas” van creando, a lo largo
de la cuaresma, el clima de preparación
para el gran acontecimiento; nos recuerdan que
ese tiempo especial ha comenzado, que hay que
ir preparándose interiormente porque, como
Jesús, hemos de pasar de la muerte a la
vida. Hemos de cambiar el corazón, ponerlo
a punto, para celebrar, como creyentes, la Pascua
del Señor.
Recuerdo, con mucho cariño,
cada una de aquellas Semanas Santas que viví
entre vosotros, y a mi mente vienen todos los
rostros de tantas personas que conocí y
que amé profundamente y que nos dejaron.
Hoy, sé que desde el cielo se alegran de
que esté aquí de nuevo, esta noche,
hablando con vosotros como en aquellos tiempos
(de juventud). Ellos y ellas también me
querían.
Aún me parece
escuchar los tambores y cornetas, perfectamente
conjuntados, desfilando por nuestras calles. Y
al filo del mediodía del Viernes Santo,
en el balcón del Ayuntamiento, me parece
ver a un grupo de chinchillanas (no recuerdo si
había algún hombre) prolongando
con sus voces “La Pasión cantada”
ese canto lúgubre que nos sitúa
con Cristo camino del Calvario, que nos adentra
en el drama de la Madre dolorosa y del Hijo caminando
bajo el peso de la cruz, ya a punto de entregar
la vida por nosotros.
Gracias por toda la acogida,
cercanía, cariño y generosidad que
derrochasteis con toda la comunidad durante los
años que vivimos en Chinchilla; pero ahora,
esta noche, me habéis querido de nuevo
entre vosotros para que os “pregone”
la Semana Santa… Hasta ahora os he compartido
mis recuerdos y la admiración por todo
lo conseguido a lo largo de estos años…
y me pregunto: ¿Qué puede y debe
decir una misionera en una ocasión como
ésta? Porque, a parte de amiga, también
os quiero hablar como mujer de fe que habla a
otros hermanos en la fe para ayudarnos, mutuamente,
a vivir estos días en profundidad; pero
me vuelvo a preguntar: ¿Qué puedo
y debo decir en esta noche en que comenzamos las
celebraciones de la Pasión, Muerte y Resurrección
del Señor?
En primer lugar doy gracias
a Dios porque junto a vosotros descubrí
toda la necesidad que tenemos, los seres humanos,
de exteriorizar, de expresar nuestro sentimiento
religioso, nuestra fe.
Vosotros habéis sabido
ser fieles a la tradición recibida de vuestros
mayores y, como señalé antes, habéis
hecho más grandes y esplendorosas las procesiones;
pero junto a la parte de manifestación
externa, también debéis tomar de
vuestros mayores LA FE PROFUNDA que estaba sustentando
lo exterior. No podemos olvidar que celebrar la
Semana Santa es:
Asomarnos al “drama”
de un Dios que se hace hombre por nosotros: Jesucristo.
Y que por anunciarnos que Dios es nuestro Padre,
que nos ama con ternura infinita, que nos creó
para ser felices y que la felicidad consiste en
vivirnos como Hijos y tratarnos como hermanos…
lo condenan a morir en una Cruz como si de un
malhechor se tratase.
Su propuesta no coincidía
con las pretensiones de aquellos que lo mandan
crucificar. Su mensaje no interesaba; tenían
sus ideas propias sobre “Dios” y cerraron
sus oídos a la Palabra de Dios.
Jesucristo se jugó la
vida por anunciar que:
• Dios está a favor de los pobres
de verdad.
• Dios está a favor de quienes re-huyen
toda violencia.
• Dios está a favor de quienes nadie
ama.
• Dios está a favor de los que se
sublevan contra la injusticia.
• Dios está a favor de los que respetan
al hombre.
• Dios está a favor de los que siempre
juegan limpio.
• Dios está a favor de los que construyen
la paz entre los hombres.
• Dios está a favor de quienes luchan
a favor de la justicia.
Y por eso lo mataron; se jugó
la vida por anunciarnos “La Buena Noticia”
y perdió la vida. “Me amó
y se entregó por mí” (diría
después S. Pablo, y podemos decir cada
uno de nosotros) Esto es lo que recordamos y hemos
de vivenciar cada Semana Santa. Hoy como ayer,
el Señor nos sigue proponiendo su Palabra
de Vida porque somos frágiles y se nos
olvida. Hoy es tiempo de abrir el corazón,
acoger su Palabra y decidirse a entablar una relación
personal con Cristo.
Vivir la Semana Santa es vestirse
la túnica propia de cada cofradía
pero es también “ceñirse”
la túnica como aquel hijo del relato evangélico
y “volver a los brazos del Padre”
de ese Padre, que cada tarde, se asoma al camino
de nuestra vida para ver si regresa el hijo de
sus entrañas, el que se le fue de casa.
Ahora es tiempo oportuno para dejar “la
túnica” vieja de nuestros desvaríos
y vestirnos de la dignidad de los hijos de Dios,
que eso somos desde el bautismo.
Hemos de conjugar lo externo
y lo interno, la vivencia interior de la fe ha
de sustentar lo que vivimos hacia fuera, porque
sin esto nuestra Semana Santa se desvanecería
al carecer de consistencia… y si se mantuvo
hasta aquí, es porque contaba con buenas
raíces porque vuestros antepasados la cimentaron
en una fe recia. A esto os animo: a fortalecer
vuestra fe participando a fondo en las celebraciones
de estos días: primero en las litúrgicas
(que celebramos dentro de la Iglesia) después
por las calles con nuestras procesiones.
Una ley del rey Alfonso
X de Castilla de 1263, recomienda las representaciones
en torno a los acontecimientos de la Pasión
del Señor para “que estimulen a obrar
bien, muevan a devoción y recuerden la
memoria del pasado”. Hoy el cuidado y esmero
que ponéis en todos los actos de la Semana
Santa pueden cumplir esta noble misión:
ayudar a otros cristianos a meterse más
adentro de ese misterio de amor y entrega hasta
la muerte, de nuestro Señor y para los
no creyentes, agnósticos o indiferentes
que se asomen a nuestra Semana Santa sed vosotros,
con vuestro ejemplo de acogida, respeto y amabilidad
testigos de la fe que profesamos.
Mañana es Domingo de
Ramos. Chinchilla parece una Jerusalén
en pequeño: sus murallas, la estrechez
de sus calles… mañana acompañaremos
a Cristo que llega a nuestra ciudad para ser el
protagonista de nuestra Semana Santa, no viene
para ser aplaudido o salir en la TV… sino
para recordarnos que “nos amó hasta
el extremo”
Ahora es Jesús el que llega hasta nosotros,
en su pollino, caminando por los siglos,
para llorar nuestras miserias,
para bendecirnos con su gracia y benevolencia.
Los misterios de Jesús se renuevan cada
día.
Abre tus puertas,
el rey manso y humilde quiere reinar en ti.
Abre las puertas de tu familia,
el rey del amor y de la vida la quiere bendecir.
Abre las puertas de tu cofradía,
el rey de la unidad quiere quedarse en medio.
Abre las puertas de tu pueblo, de chinchilla,
el rey de la libertad quiere clavar en él
su bandera.
Presentémosle a niños y jóvenes,
a enfermos y pobres,
que ponga su mano sobre ellos.
Abre las puertas del mundo:
¡Oh Jesús, rey pacífico y
liberador,
no dejes de caminar por esta tierra!
El jueves celebraremos con
emoción ese gesto de Jesús, ese
amor desbordante que le impulsa no solo a “dar
la vida” sino, además, a quedarse
en medio de nosotros, para seguir dándonos
la vida en el pan de la Eucaristía…
¡Qué locura de amor! Se le ocurre
quedarse, como alimento, en medio de un pueblo
que está a punto de pedir que lo crucifiquen;
se queda entre unos amigos que en las horas más
trágicas de su existencia lo abandonan;
se queda en medio de nosotros que tantas veces
ponemos nuestros intereses por encima de la Eucaristía,
y “pasamos” del deseo del Señor.
¡Qué importantes
son para nosotros las “últimas voluntades”!
La víspera de su muerte Jesús, nos
encarga: “Haced esto en memoria mía”.
Esa fue una de sus últimas voluntades:
que le recordemos juntos y repitiendo el gesto
de ese primer Jueves Santo de la historia: celebrando
la Eucaristía. Sería muy provechoso
preguntarnos: cómo estamos viviendo ese
deseo “último” del Señor.
El Viernes Santo es día
de profundo agradecimiento a tanto amor derrochado.
Es día de celebrar la Pasión y Muerte
del Señor y dejar ese “beso agradecido”
cuando nos acerquemos a adorar su Cruz. Y después,
en la procesión, a lo largo del recorrido,
mirad el rostro de Jesús (muy bien representado
en vuestras imágenes) y decidle desde el
corazón:
Señor:
Asumiste nuestro dolor y ya los dolores no duelen
tanto.
Asumiste nuestras angustias y amarguras, nuestras
depresiones y vacíos, y ya la noche del
alma se ha iluminado.
Ya no hay lugar para la desesperanza.
Todos nuestros sufrimientos han sido redimidos
y pueden llegar a ser redentores.
Gracias, Jesús, amigo nuestro.
Danos capacidad para amar con tu mismo amor.
Vivid la experiencia de contemplar,
en silencio, a Jesús en la Cruz. Junto
a la Cruz nos sentimos radicalmente perdonados.
Nosotros hemos puesto el pecado en la Cruz y Cristo
nos ha purificado con su sangre.
No nos atormentemos rebuscando
y revolviendo en nuestra historia pecadora ni
cultivemos complejos de culpabilidad. Estamos
perdonados, perdonados para siempre. Basta confiar,
abrirnos a la misericordia.
Es día de caer
en la cuenta que Cristo sigue sufriendo hoy en
los que sufren a causa de la violencia, las guerras,
la enfermedad… en cada rostro doliente está
Cristo… salgamos, como la Verónica
a enjugarlo.
Otra “última voluntad”
de Cristo, desde la Cruz, cuando ya casi le faltaba
el aliento fue la de “entregarnos a su Madre”…
S. Juan nos representaba a cada uno de nosotros,
él la acoge en su casa. Vosotros habéis
acogido a la Madre del Señor en la advocación
de la Virgen de las Nieves y me consta el amor
que la profesáis y con cuánta confianza
acudís a ella. Sentidla estos días
“dolorosa” y presentadla todos vuestros
dolores sabiendo que ella, que estuvo al pie de
la Cruz junto a Jesús, también está
junto a nosotros cuando la vida pone sobre nuestras
espaldas pesadas cruces. Que nunca puedan con
nosotros el desánimo o la desesperanza,
acudamos a nuestra Madre y ella nos alcanzará
de su Hijo consuelo y fortaleza.
Y de la mano de María
llegaremos a la Gran Noche, a la celebración
de la Pascua: Cristo “pasando de la Muerte
a la Vida” . Cristo había pasado
la noche más amarga. Amó hasta el
final y sufrió hasta el final, en su cuerpo
y en su alma. Pero en lo más cerrado de
la noche, cuando estaba en el sepulcro, todo se
transforma. En la tumba entró el sol, su
cuerpo fue ungido y alentado por el Espíritu,
y su inmenso corazón empezó a latir
con fuerza. La liturgia nos dirá: “Esta
es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte,
Cristo asciende victorioso del abismo”.
Cristo Resucita y resucita
en nosotros toda la bondad que encerramos, toda
la capacidad de amor, de entrega, de servicio,
de ganas de ser mejores personas, mejores esposos,
mejores hijos, mejores ciudadanos… y tantos
valores que tantas veces amarramos en nuestros
interior con las cadenas del egoísmo, el
amor propio, la tentación de “pagar
con a misma moneda” etc. y no los dejamos
“salir de la tumba”.
Cristo resucita y nos invita
a vivirnos resucitados, a vivir como personas
nuevas. Junto a El desaparecen los miedos, los
temores…porque “…si Dios está
con nosotros, ¿Quién estará
contra nosotros? (dirá S. Pablo) y Cristo
Resucitado Vive para siempre en medio de nosotros
“Yo estoy con vosotros todos los días
hasta el final de este mundo”.
Nuestra fe nos empuja, también,
a compartir los gozos y las esperanzas, las tristezas
y las angustias de todas las personas de nuestro
tiempo, sobre todo de los pobres y de los que
sufren… por eso haber vivido en profundidad
la Semana Santa significa que:
Mientras
existan pobres,
tendremos que compartir de lo nuestro con ellos.
Mientras existan enfermos,
tendremos que ponernos a su servicio y hacer todo
lo posible para que recuperen la salud.
Mientras exista quien pierda la esperanza,
tendremos que darle de la nuestra.
Mientras exista quien no sabe nada,
nosotros tendremos que decirle lo poco o mucho
que sabemos.
Mientras exista quien no se interesa por el Evangelio
de Jesucristo,
tendremos que seguir creciendo en la fe y dar
pruebas de un amor mayor.
¡Ánimo! y que
esta nueva Semana Santa que nos disponemos a celebrar
sea un verdadero PASO del Señor por esta
ciudad de Chinchilla, un PASO del Señor
por nuestras vidas. Gracias. Buenas noches.
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