Ambientación:
Amigos todos: En esta noche, abriendo
nuestra Semana Santa, revivimos
la agonía de Jesús,
el Señor. Vamos a hacerlo,
no como un simple teatro, donde
nos quedamos fuera de los actores.
Entramos con las figuras evocadas
aquí, en la hondura de
su sentimiento. Entramos en el
corazón del que más
amó, de la que más
lo quiso y del amigo más
fiel.
Entremos, sin miedo, acercándose
cada uno a nuestro Señor,
el que nos interpela siempre,
más aún en estos
días santos. (MÚSICA).
INTRODUCCIÓN:
¿Cómo era el lugar
destinado a los crucificados?
Dicen los evangelistas que se
llamaba “Gólgota”, que
se traduce “La calavera”. Este
nombre de daba a todo el montículo
donde Jesús fue crucificada,
incluso a toda el área
próxima a las murallas…
Era
un promontorio de roca, muy pequeño,
con no más de quince pies
de alto sobre el terreno circundante.
Lo suficiente para que los crucificados
pudieran ser claramente visto
por la gente que pasaba por el
vecino camino o que tenía
sus tiendas en la explanada que
rodeaba el montecillo.
Le
esperaba una muerte horrible en
la que se concentraban todos los
dolores: el agotamiento físico
de quien no había comido
ni bebido desde hacía muchas
horas. A eso se habría
añadido la brutalidad de
la flagelación, el esfuerzo
para transportar el madero, la
vergüenza moral…Ahora le
esperaba las heridas de los clavos,
el ahogo del cuerpo en tensión
para que las manos no se desgarraran,
la horrible sed, el ataque incesante
de los millones de mosquitos tan
abundantes en aquel tiempo y lugar,
la pérdida de la sangre
en un goteo incesante. .. Algo
demasiado parecido a un sueño
macabro y horrible. (PAUSA MUSICAL).
LA
CRUCIFIXION: El travesaño
horizontal estaba ya tirado en
tierra. Sobre él hicieron
acostarse a Jesús. Ataron
probablemente sus brazos cerca
de la muñeca por si se
resistía a la hora de clavar
los clavos. El especialista se
acercó a él con
un mandil de cuero con grandes
bolsillos en los que llevaba martillos
y clavos. Con una lezna hizo un
agujero en la madera para que
el clavo penetrara más
fácilmente. Tomó
luego un clavo de trece centímetros
y lo sujetó entre los dientes.
Puso su rodilla sobre el brazo
izquierdo de Jesús. Cogió
con ambas manos su muñeca
izquierda y, con la habilidad
del cirujano, palpó buscando
el lugar donde sería más
resistente. Con un resto de humanidad
volvió la cabeza del condenado
hacia la derecha para que no viera
lo que iba a hacer. Colocó
la punta del clavo en su sitio,
justamente donde termina la raya
que llaman de la vida. Y, rápidamente,
con sabiduría de experto,
levantó el martillo y golpeó
sin contemplaciones… (MEJOR SI
SE OYEN UNOS GOLPES…) Un chorro
de sangre caliente inundó
mano, martillo, y clavo… Pero
el soldado, sin detenerse, golpeó
de nuevo, otra vez más,
otra. Hasta que la cabeza del
clavo desapareció casi
entre la sangre y la carne levantada.
Algunos de los que estaban cerca
volvieron la cabeza. Jesús
apretó sus dientes conteniendo
un gemido…
Pero
el soldado no se detuvo. Trabajar
deprisa era, en definitiva, una
forma de piedad. Saltó
sobre la cabeza de Jesús
y puso ahora su rodilla sobre
el brazo derecho, tomó,
aún más deprisa,
la segunda mano, tiró de
ella estirando el brazo y golpeó
de nuevo con sus manos y martillos
ensangrentados.
ESBIRRO: --Ya está. (AQUÍ
EMPIEZAN A MOVERSE LAS IMÁGENES,
PRECEDIENDO EL CRISTO DE LA AGONÍA.
QUEDARÁ DE CARA A LA GENTE).
Un
soldado apoyó entonces
una escalera en la cruz. Trepó
por ella y, con dos o tres martillazos,
sujetó sobre la cabeza
de Jesús el letrero que
le proclamaba, en tres lenguas,
como rey de los judíos.
Las gentes se arremolinaron para
leer mejor el letrero. Cuchicheaban
entre sí, sentían
una mezcla de horror y exaltación.
Veían aquel cuerpo que
se retorcía, aquellos dientes
que se apretaban para contener
los gemidos. Recordaban cómo
le habían conocido días
antes predicando en el templo,
cómo le vieron entrar triunfante
en la ciudad hace pocas jornadas.
No
entendían nada. y aún
hubieran entendido menos si hubieran
sabido toda la verdad … Oían
gotear la sangre, la veían
resbalar por los brazos, el cuerpo
del condenado empapando la madera
de la cruz. pero no sospechaban
qué sangre era aquella.
Y mucho menos porqué y
por quien se derramaba.
LOS INSULTOS:
Pronto
regresó la tortura de los
insultos. La chusma comenzó
a desahogar su odio. No se sentían
suficientemente saciados con verle
morir. Querían regodearse
en esa muerte. Era como si tuvieran
prisa, no se les fuera a morir
sin haber escupiendo sobre su
rostro sus venenos.
Y así fue cómo a
la corona de espinas y a la de
martillazos se unió ahora
la humillación de las de
las carcajadas, como en una orgía
demoníaca.
-
Bah, tú que destruyes el
templo y eres capaz de reconstruirlo
en tres días ¿Por
qué no te salvas ahora
a ti mismo?
- Si es que eres Hijo de Dios,
baja de la cruz.
- A otros salvó y así
mismo no puede salvarse.
- Rey de Israel, baja ahora de
la cruz y creeremos en ti.
- Ha puesto en Dios su confianza.
Que le libre Dios si tanto le
quiere. ¿ No decía
Él mismo que era Hijo de
Dios?
¿Y
Jesús? Jesús callaba.
Desde la cruz, contemplaba la
muralla de su ciudad y, más
cerca, la danza macabra de sus
enemigos. Lúcido para oír
uno a uno los insultos y para
entender su sentido. .. En realidad
sufría más por los
que le insultaban que por el propio
insulto.
Pronto
se alejaron los curiosos. Quedaron
sólo los muy amigos o los
grandes enemigos. En el aire había
un gran silencio se oían
únicamente los gemidos
de los crucificados, gemidos que
también iban haciéndose
progresivamente débiles.
(PAUSA MUSICAL).
La
muerte se acercaba y Jesús
comprendió que no podía
perder esta hora final en la que
tantas cosas importantes le faltaban
por hacer y decir tendría
que ahorrar palabras porque ya
no le quedaba mucho aliento pero
las que dijera tendrían
que ser verdaderamente “ palabras
sustanciales “.
Su
testamento para la humanidad futura,
palabras como carbones encendidos
que no pudieran apagarse jamás
y en las que permaneciera su pensamiento,
su alma entera, cuanto había
venido ha hacer a este mundo,
incluso el sentido de su muerte.
(MÚSICA)
PRIMERA
PALABRA: Padre perdónalos
porque no saben lo que hacen.
A
los primeros cristianos les debió
sorprender que Jesús desde
la cruz se olvidara de sí
mismo y comenzara preocupándose
de sus enemigos. Cristo no pensaría
en los soldados. Eran puros ejecutores
de lo que se les mandaba. Se excedieron
probablemente en su crueldad.
Ellos simplemente obedecían
.
Hubiera
podido suplicar por su madre o
sus amigos a los que dejaba solos.
Hubiera podido mendigar ser comprendido
por sus enemigos. Sólo
pedía por sus enemigos,
y no para que le comprendieran,
sino que fueran perdonados.
-“ Padre, perdónalos porque
no saben lo que hacen”
¿Y
por quienes rezaba? En primer
lugar por los responsables directos
de su condena y su crucifixión.
En el alma limpia del moribundo
todos tenían cavidad, a
todos alcanzaba el perdón
todos tenían aún
un lugar reservado en su reino.
Y
rezó por nosotros. Pidió
perdón por nuestros crímenes
de cada día. Y no dijo
a su Padre: Perdónales
porque tú eres bueno. O
perdónales porque yo te
lo pido. Usó un argumento
casi ingenuo: perdónales
porque no saben lo que hacen…
Y es que conocía como nadie
la torpe y ciega pasta humana.(
SUBE MÚSICA)
SEGUNDA
PALABRA: A LOS LADRONES
Cierto
que hubo otros dos crucificados
con Él. Los dos eran unos
delincuentes de aquel tiempo.
Gritaban y gritaban. Todos los
condenados gritan que son inocentes.
Ellos no eran allí simples
comparsas. Estaban unidas para
siempre aquellas tres muertes.
Quiénes
eran estos dos hombres, no lo
sabemos exactamente. Incluso se
les ha atribuido varios nombres:
Dimas, buen ladrón y Gestas,
mal ladrón. Las cruces
parecen idénticas. Sobre
las tres volaban los mismos buitres.
Las tres sangres formaban un único
charco. Y, sin embargo hay tres
hombres en la cruz: uno que da
la salvación, otro que
la recibe, un tercero que la desprecia.
Para los tres la pena es la misma,
pero todos mueren por diversa
causa.
GESTAS -No eres tú el Cristo?
¿Sálvate a ti mismo
y sálvanos a nosotros!
¿De
dónde brotaba la cólera
de este hombre? Había transcurrido
su vida fuera de la ley en permanente
rebeldía. Ahora estaba
atrapado, sin esperanzas de evasión,
atado a una cruz, sabía
que había perdido definitivamente
la partida y la rabia le invadía.
El
otro ladrón parece tener
sentimientos distintos. Distinguía
el bien del mal, medía
el valor de las culpas y reconocía
las suyas.
DIMAS -¿Ni siquiera estando
en el mismo suplicio temes tú
a Dios? Nosotros, en verdad, estamos
crucificados justamente, pues
recibimos el justo pago de lo
que hicimos. Pero éste
nada malo ha hecho.
En
medio de sus dolores el ladrón
buceaba por su alma y por la verdad
. Excavaba en ella como en un
pozo y, poco a poco notaba que
su corazón se iba pacificando
como si la verdad fuera un agua
fresca. Se sintió pobre
y niño y, en su debilidad,
descubrió que necesitaba
una mano que le sostuviese.
-Acuérdate de mí
cuando llegues a la gloria de
tu realeza.
Las
sorprendentes palabras de este
hombre van a forzar a Jesús
a responder. No lo ha hecho cuando
el otro ladrón le insultaba.
Pero ahora no puede callarse.
- En verdad te digo que hoy mismo
estarás conmigo en el paraíso.
En
rigor, el verdadero premio que
Jesús promete al buen ladrón
no está en la palabra “Paraíso”
sino en la palabra “conmigo”.
Porque estar con Cristo es estar
ya en el paraíso. (SUBE
LA MUSICA).
LA
TERCERA y CUARTA PALABRA: A María
y a Juan.
Le
falta aún el mejor de sus
regalos a la humanidad. El, que
nada tiene, desnudo sobre la cruz,
posee aún algo enorme:
una madre . Y se dispone a entregárnosla.
A
esta hora se ha alejado ya el
grupo de los curiosos. Gran parte
de los enemigos se ha ido también.
Quedan únicamente los soldados
de guardia y el pequeño
grupito de los fieles.
Sabemos
que el pequeño grupo estaba
cerca de la cruz. Quizá
el mismo Jesús les hizo
en este momento gestos de que
se acercasen porque tenía
algo importante que decirles…(SE
ACERCAN LA VIRGEN Y SAN JUAN).
Allí estaba, y bien cerca
del Hijo, su Madre. Ciertamente
lo que Jesús vio desde
la cruz no era una mujer vencida,
desmayada. Desgarrada, sí,
por el dolor; pero entera, acogiendo
los últimos momentos y
palabras de Jesús.
La
presencia de la Madre, tan cerca
de aquel ajusticiado, era para
Jesús una doble fuente:
de gozo y de dolor. En aquel trance
no piensa en Él. Se dirige
a María y a Juan, el discípulo
más querido. Les dice en
un susurro audible:
-- Mujer, ahí tienes a
tu hijo…
-- Juan, ahí tienes a tu
Madre…
Es
esta Virgen, envejecida por los
años, y los dolores, la
que, repentinamente, vuelve a
sentir su seno estallante de fecundidad.
María se quedaba sin Hijo
y se le daba uno nuevo.
Ese
es el gran legado que Cristo concede
desde la cruz a la humanidad.
Esa es la gran tarea que se le
encomienda a María en esta
hora tan culminante en la agonía
de Jesús: Cuidarnos a todos…
(SUBE LA MÚSICA…)
CUARTA PALABRA: “Padre, por qué
me has abandonado?
Era
ya como la hora sexta y se produjeron
tinieblas sobre toda la tierra,
hasta la hora nona, habiendo faltado
el sol… En este hecho, probablemente
natural, vieron los evangelistas
y vio más tarde la tradición
cristiana, un símbolo del
gemido de la naturaleza ante la
tremenda ejecución de su
autor… Es más lógico
que nunca que se oscurezca el
sol, cuando quien está
agonizando es la misma luz del
mundo…
Porque
la muerte se acercaba ya. El crucificado
estaba muy débil. La sangre
no había cesado de brotar
de sus manos y sus pies. Si en
algún momento el goteo
se interrumpía, bastaba
un nuevo movimiento, un intento
de incorporarse el crucificado,
para que se iniciase de nuevo.
Pero
cada vez eran menores los movimientos
de Jesús, agotado ya. Se
oía únicamente el
jadear de su pecho en los últimos
esfuerzos por llevar un poco de
aire a sus pulmones oprimidos.
Jesús apenas veía
a través de sus ojos borrosos
de sangre y sudor…
Jesús
sufrió del todo la condición
de hombre. Vio su soledad multiplicada
por el espanto de quien muere
joven y en una cruz, odiado y
despreciado, dramáticamente
consciente de sus dolores… Fue
entonces cuando Jesús hizo
un esfuerzo que parecía
imposible. Se incorporó
en la cruz, llenó de aire
sus pulmones y gritó con
voz alta:
-- ¡Dios mío, Dios
mío! ¿Por qué
me has abandonado” (MUSICA FUERTE).
No
es un grito de desesperación.
Es una queja lacerante, pero amorosa.
Y segura.
-- Todos mis huesos están
dislocados.
-- Seca está como una teja
mi garganta.
-- Han traspasado mis manos y
mis pies.
QUINTA PALABRA: ¡Tengo sed!
Jesús
experimenta en estos momentos,
dentro de su conciencia, el drama
de ver su redención despreciada,
de saber de antemano que, para
muchos, todo este dolor será
inútil.
--Tengo sed…!
Jesús
habla, ante todo, de su sed física.
Cuenta el dolor de experimentar
la lengua como una piedra seca
y la garganta como un desfiladero
polvoriento. Es el grito que –por
hambre o por sed—ha surgido de
cientos, de miles de bocas antes
y después de Jesús.
Es su palabra más radicalmente
humana. Es la prueba definitiva
de que está muriendo de
una muerte verdadera, de que en
la cruz hay un hombre, no un fantasma.
Y
uno de los soldados se conmovió
al oír esa queja tan humana.
No había entendido bien
las otras palabras. Pero ésta
era una palabra “a su altura”.
Tomó una esponja, la sumergió
en su jarro, la colocó
en la punta de su lanza y la tendió
al agonizante. (SE HACE).
UNO: “Deja, veamos si viene Elías
a salvarle…(PAUSA MUSICAL)
SEPTIMA
PALABRA: “Todo está consumado”
Su
débil, cansada cabeza,
repasa todo el abanico de profecías
que sobre él se hicieron
y comprueba que no queda ni una
por realizar. Y sobre el alma
de Jesús, desciende la
paz. Puede ya volverse serenamente
hacia su Padre, cuya lejanía
parece definitivamente superada.
--
“Todo está consumado…!
De
un hombre que muere joven, a los
33 años decimos hoy que
es un ser malogrado. No tuvo tiempo,
de completar su destino. Pero
33 años, y aún menos,
son tiempo sobrado para la madurez,
para la plenitud. Solo muere malogrado
quien muere inmaduro, aquel a
quien la muerte sorprende con
la vida vacía. La de Jesús
es una vida llena. No precisaba
de un día más. Todo
estaba consumado, todo cumplido.
(SUBE MÜSICA).
Qué
gran hombre fuiste. Nos emociona
recordar tu ternura con los niños,
tu solidaridad con tus discípulos,
el serio amor con que honrabas
a tu madre, tu pasión por
la tierra Palestina, la viril
dignidad de tu trato con las mujeres,
tu coraje en la defensa de la
verdad, tu valor a la hora de
afrontar a los adversarios, tu
comprensión hacia el pecador,
tu nunca humillante amor hacia
los pobres. Recordamos cómo
supiste llorar por el amigo Lázaro,
cómo aceptaste el cansancio
de los caminos, qué abierto
estabas a cuantos enfermos acudían
a Ti, con qué total enteraza
has sabido morir. ¡Qué
magnífico hombre fuiste,
Señor!
(MÚSICA… Y EMPÌEZAN
AMOVERSE LAS IMÁGENES,
PRECEDIENDO EL CRISTO DE LA AGONIA)
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