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Ambientación:
LATIDOS
DE VIDA
Martes Santo
2007
Recopilación
de Sebastián Aguilar
Nada
de los que sigue ha sucedido como
tal:
Un cadáver que piensa…
Pero nos acerca a lo que fue
la vida de Jesús. Por eso
escuchamos sus latidos de vida.
VOZ: Todo había sucedido
muy deprisa. Una vez que Jesús
lanzó aquel grito que vació
sus pulmones, todos entendieron
que había acabado. Todo
siguió con la rapidez del
rayo: Solicitar el cadáver
para no dejarlo en la cruz. Enterrarlo
con la ayuda de unos amigos. Aceptar
el ofrecimiento de uno de ellos,
que facilitó su propia
tumba sin entrenar todavía.
Envolver aquel cuerpo desnudo
en una sábana y dejarlo
sobre una losa fría que
lo recibió todavía
casi caliente, aunque vaciado
de toda vida….
VOZ: Y ahora es cuando nos sorprendemos
con unos latidos nunca oídos:
Latidos de vida. Porque este muerto
tiene muy próxima la vida
nueva que le espera. Y la vida
anterior se ha escapado tan deprisa
de su cuerpo que tenemos la impresión
que le cuesta desgajarla de su
propia alma…
JESUS.- Me han dejado en esta
losa tan fría. No ha sido
con desafecto; todo lo contrario.
Gracias amigos míos, Nicodemo,
José de Arimatea que no
habéis permitido que haya
quedado mi cuerpo en la cruz como
un despojo que nadie quiere.
¡Mi Madre…! Qué
lejos quedan para ti, Madre y
para mí, aquellos años
y ternuras de Belén y Nazareth.
Revivo el tacto suave de tus manos,
cuando niño. Incluso el
sabor de tus pechos.
VOZ.- Y así, empieza la
moviola de su vida, sin orden
exacto, a recorrer hechos, palabras,
personas, lugares. Porque así
funciona nuestro cerebro en un
desmadejado amasijo de experiencias
que se han vivido. Pero, ante
todo, resplandece la figura de
su Madre, la Madre Dolorosa del
Sepultado.
MI MADRE
JESUS.- Lo más horroroso
del plan de salvación es
que tuviera que incluir el dolor
de mi Madre hasta tales extremos.
Ahí el Padre estuvo un
poco duro con la que había
seleccionado para nacerme, como
bendita entre todas las mujeres.
Sólo yo sé lo que
sufrió esta bendita mujer,
viendo cómo clavaban mis
manos y mis pies a los maderos,
cómo me arrancaban trozos
de espalda aquellos látigos…
Cómo atascaban sobre mi
frente una corona de espinos que
ensangrentaba mi rostro. ..
Hacer sufrir a una Madre estos
horrores, fue una segunda Pasión
para mí, mucho más
importante que la mía.
Lo puso todo en la Encarnación…
Y en esta tarea de la salvación…,
ella puso, por lo menos, la mitad.
Tú, Padre, debiste darle
la fuerza necesaria para soportar
tanta tragedia sin que le estallase
el corazón. ¡Qué
mujer, Padre, me diste como madre!..
SIGUE JESUS.- También recuerdo
a la santa mujer Verónica
(PROYECCION…) que me dio
un paño para enjugar mi
sudor y mi sangre, apiadada por
aquel sufrimiento de aquel hombre
que era yo…Y las otras mujeres:
todas han puesto en mi camino
unos toques de amor entregado:
Las tres María, mi madre,
las otras dos Marías, todas
siempre próximas a lo largo
de toda mi pasión.
SIGUE
JESUS.- Y los hombres… No faltaron
los que varonilmente me quisieron
de verdad también: Nicodemo,
José de Arimatea. Eran
importantes en la sociedad de
Jerusalén. Pero se arriesgaron
por mí. Y mi amigo personal,
Lázaro, el que devolví
a la vida aún después
de enterrado….
LOS AMIGOS
VOZ.-
Uno diría que aquel cuerpo,
¡este cuerpo! se está
enfriando paulatinamente, sin
el curso de su sangre, ya perdida
horas ha. Pero un espíritu
que se resiste a morir dentro
de él, le remueve los recuerdos.
Dio en evocar a sus amigos más
inolvidables:
JESÜS.-
Pedro, el que yo llamé
así porque su nombre era
otro… Fuerte, algo grueso,
calvo, bastante inculto. Un hombre
rústico, sencillo y elemental.
Será el jefe de mi iglesia.
El que me supla, cuando yo muera.
No tenía ninguna doblez.
El primero siempre, en responder
a mis preguntas. Pedro es el que
más me quiere
.
Porque Juan es otra cosa. El más
joven, el que no sólo no
me negó jamás, sino
que se afirmó positivamente
a mi lado en la cruz, --hace bien
poco--, corriendo riesgos gravísimos.
Es el que más quise yo.
Fuerte, enérgico, fiel
y valiente. Es la persona en que
delego la protección de
mi madre….
Bartolomé era muy callado
y respetuoso. Me seguía,
me apoyaba. Lo dejó todo,
como los demás. Pero daba
poca expresión de sí.
Mateo, el publicano o cobrador
de impuestos. Agente del Tesoro.
Lo que menos querían los
judíos. Con ellos, rodeado
de ellos, hice el Reino, después
de cumplir mis treinta años.
Aquello fue un trabajo en equipo.
En cierto modo son coautores de
la salvación… En
total doce hombres. Todos gente
buena. El tiempo lo dirá.
ENSEÑANZAS
VOZ.-
Y como Jesús fue sobre
todo un predicador de Dios, de
su Padre, no puede olvidar –ni
si quiera ahora – las muchas cosas
que ha dicho en vida para aclararles
los mensajes que traía
del Padre hasta la tierra.
JESÜS.-
En un año, casi todo pasado
en Galilea, predico las bienaventuranzas,
el Sermón de la Montaña,
el discurso del Pan de vida, y
les digo profusión de parábolas,
no sé cuántas…
La del sembrador, la de la buena
semilla y la cizaña, la
del grano de mostaza, la de la
red, la de la semilla, la de la
levadura en la masa, el tesoro
escondido, la perla, el criado
sin entrañas, los obreros
de la hora undécima, las
vírgenes necias, la de
la higuera, la del ladrón
nocturno, la de los talentos,
la del sembrador, la de los viñadores
homicidas, la del buen samaritano,
la del amigo inoportuno, la de
la higuera estéril, la
oveja perdida, el hijo pródigo,
la de Lázaro y el rico
Epulón, la del fariseo
y el publicano, la del buen pastor…
Son muchas, más de las
que ahora recuerdo. Y es que me
daba cuenta de que con narraciones
sencillas y sugestivas, llegaba
mejor al interés del corazón
de mis oyentes.
EL PADRENUESTRO….
VOZ.-
La vida seguía fuera de
aquel sepulcro. El universo de
aquella ciudad se concentraba
en la cena del sábado…
Los apóstoles se reunían,
en la ausencia del Maestro, con
el espanto en el alma y la boca
sin habla, hecha estropajo sus
lenguas. Y afuera, sentada sobre
una piedra o un ribazo, Magdalena
en guardia…
JESÚS.-
Recordar va siendo un trabajo.
Voy a intentar medio morir un
rato. Voy a descansar como cuando,
orando, descansaba toda mi vida
en el Padre.
Por cierto, recuerdo cuando me
pidieron que les enseñara
a rezar. Ellos sólo sabían
pedir. Orar también es
contemplar al Padre y que todo
Él entre en nosotros.
Se lo puse fácil: que pidieran
tres cosas para Dios y cuatro
para ellos mismos .Para Dios que
pidieran que se glorifique su
nombre, que venga a esta tierra
su Reino, que hagamos lo que quiere
que hagamos y lo hagamos con gusto.
Que para ellos pidan el pan, el
perdón, protección
contra el maligno y garantía
contra todo mal.
Les
estaba dando una oración
divina.
Estoy muy satisfecha de haberles
enseñado a orar. Un día,
mi muerte será historia,.
Mi Pasión será liturgia.
Mi predicación, fe y esperanza.
Pero con el padrenuestro habrá
una relación mía
con los hombres, y de ellos y
mía con el Padre.
Ellos dirán “la oración
que Cristo nos enseñó”…
y mi Padre recogerá la
inmensa cosecha… Yo “soplé”
a los hombres la solución
exacta para saber orar.
VOZ.-
Y quedó, de nuevo, su mente
en blanco… Dejó un
rato correr los minutos…
Colgado en ese no-hacer-nada,
que equivale a cerrar un capítulo
de la mente, del recuerdo, del
sentimiento.
MILAGROS
VOZ.-
Jesús habló mucho
en su vida. La gente opinaba de
él que nadie había
hablado como él, porque
no hablaba de leyes, sólo
de una –hablaba: del amor. Se
diría que su palabra era
todo un cielo.
Aquel no era un maestro de leyes.
Era un amigo, de palabra amena,
que quería convencer desde
el corazón.
Pero la gente era muy elemental
y quería lo más
urgente: la salud, por ejemplo.
Y le pedía milagros…
JESÜS.-
Hago milagros sin parar. Y no
me entusiasma siempre. Yo preferiría
convencer de palabra, que para
eso he venido. Pero la gente necesita
magia y espectáculo. ¿De
qué me vale la fe que gano
después de un milagro?...
La curación de la suegra
de Pedro, la de los leprosos,
la del paralítico, la del
hombre que tenía una mano
seca, la del servidor del centurión,
resucitar al hijo de la viuda
de Naín, y la resurrección
de la hija de Jairo, el milagro
de la tempestad calmada, el marchar
yo sobre el agua del lago, la
multiplicación del pan
y los peces.
En Decápolis curé
a un sordomudo. En Betsaida curé
a un ciego. Un día recibo
la noticia de que mi amigo Lázaro
está muriéndose.
Cuando llego a su casa, lleva
varios días muerto y lo
devuelvo a la vida.
Aquí se empezará
a complicar mi vida pública.
MAGDALENA
VOZ.-
De repente le vino a la mente
un nombre querido y amado. El
nombre de aquella otra María,
la que tanto apoyó a su
propia Madre, sobre todo desde
los momentos amargos de la Pasión.
María Magdalena.
Que nadie la confunda con aquella
otra María pecadora, de
cuyo cuerpo tuvo que arrojar varios
demonios. Todas estas mujeres
fueron bienamadas por el Maestro.
Pero la Magdalena…
JESÚS.-
Sí, te recuerdo, María:
Alta, delgada, de piel clara casi
transparente. Los apóstoles
sse sintieron turbados alguna
vez por tu mucha belleza…Yo lo
sé. Y Judas era el único
que, quizá, no alcanzaba
a quererte por aquello de los
perfumes. Tú queriendo
ir siempre hermosa: era tu estilo.
Él, pensando que aquel
dinero podía tener un destino
diverso, los pobres.
María, el apoyo de mi Madre.
Siguiéndome siempre, sobre
todo cuando algunos huyeron porque
se me venía encima la Pasión.
Ahora intuyo que no estás
muy lejos de aquí. No ter
asusta la oscuridad de esta hora…
Creo que estás junto a
la roca hasta que quiera el Angel
correrla a un lado, y empiece
yo otra experiencia de vida. Pero
eso ha de ser al Tercer Día,
para que se cumpla lo que está
escrito.
Tú y el amor de mi propia
Madre son lo más dulce
que me ha dado esta breve vida
de hombre…
Ahí está, esperándome.
Ésta sí que era
un verdadero apóstol.
LAS BIENAVENTURANZAS
VOZ.-
Todo empezó en Cafarnaúm.
Todo no ha quedado escrito. Pero
el llamado “Sermón de la
Montaña” marcó un
estilo en el objetivo vital de
Jesús. Él venía
la pobre gente que llenaba aquel
desgraciado trozo de la tierra.
Se fijaba en ellos. Algunos era
desgraciados en muchos aspectos.
Tal vez fuera casualidad, pero
aquella mañana dejaron
el paraje llano de Cafarnaúm
y subieron –como de paseo- al
montecillo. Ya sentada aquella
buena gente empezó a oir
palabras que nadie les había
dicho y, menos todavía,
en aquel tono…
JESÚS.-Bienaventurados
los que sois pobres desde el espíritu…
Bienaventurados los que sois mansos,
y no os puede la irritación,
ni la ofuscación.
Bienaventurados todos los que
tenéis el alma llena de
misericordia y comprendéis
que el mundo es como es.
Bienaventurados los que mantenéis
limpio el corazón, limpia
el alma.
Bienaventurados todos los que
vais de sembradores de paz y no
ponéis más cizaña
en la relación entre los
humanos.
Más todavía: Si
por ser amigos míos os
desprecian u os persiguen, sentíos
contentos porque vuestro nombre
está ya escrito en el Libro
de la Vida.
Mis
palabras son para vosotros. Alguno
pensará que es un catálogo
de promesas vacías para
la tropa de menesterosos. Allá
ellos. Pienso en tanta gente que,
a lo largo del tiempo, no podrá
con la carga de la vida. Yo los
miró desde aquí
y los amo con predilección.
Los mío serán la
pobre gente, la gente buena, misericordiosa,
mansa, sufriente y llorosa. La
parte más hundida de la
sociedad.
No amo en exclusiva a los pobres.
Todos los hombres son ricos porque
son hijos del Padre Altísimo
que los ama profundamente.
YO
Y MIS RECUERDOS
VOZ.-
Y ahí está el hombre,
en la oscuridad de esa cueva-refugio.
Bajo la sábana, disfrutando
de una paz nunca gozada, cancelando
los recuerdos. ¡Tiene, sin
duda, tantos!
JESÚS.-
Yo, el Hombre yo, era un instrumento
del Dios, también yo…¿Cómo
me recordarán los míos?
Fui, soy, un hombre de estatura
media, ni alto ni bajo, más
bien un poco alto para lo que
se lleva. Simpático, social…Tengo
que verme desde mí. A través
de mí. Yo mismo soy mi
punto de observación.
La Salvación no ha terminado
y la Redención sigue viva
y operante, aplicables a cada
hombre nuevo que nace a su humana
condición.
Le he tomado gusto a esta humanidad
mía. En ella amo todo lo
humano.
Nunca dejarán de importarme
los de mi misma naturaleza. Esta
sustancia mía ya no morirá
más, nunca más.
Está viva conmigo, adherida
a mi sustancia divina.
He sido un hombre público.
He sido una voz itinerante, que
ha sonado en todos los caminos
trayéndoles la voz viva
de Dios.
Vivir la realidad ha sido hermoso,
aunque haya durado tan poco. Hasta
la realidad de la muerte…
Qué grande ha sido el Padre
haciéndome vivir la más
hermosa de las realidades. La
realidad hostil, la realidad grata
y amistosa, la realidad tiernísima
de la madre, la realidad hermosa
que cabía en los corazones
grandes de los grandes amigos…
Que el Padre me perdone, si desvarío,
enamorado de mi humana humanidad.
PADRE, PERDONA A TU HIJO
VOZ.-
Y como quiera que quiso hacerlo
todo bien, no termina de encajar
todas las piezas de su vida. Le
pesa haber arrojado a la gente
del Templo, Haber dado largas
a algunos que les pedían
milagros cuando estaba por dar
el Mensaje. Su humanidad era así
de manifiesta.
JESUS.-
Era hombre. Me fatigaba. A veces
no me apetecía salir a
continuar la tarea y me buscaba
un descanso con los amigos.
Creo que he simpatizado con unos
más que con otros. Judas
era el último en mi estima.
Juan, el primero. Traté
mal a Pedro, varias veces. Una,
hasta le llamé Satán.
Y a Felipe, poco menos que ignorante.
Tenía prontos no muy propios
de Dios. Probablemente, al quererme
hombre, no me quiso perfecto mi
Padre.
De todos modos, creo que me pasé
la vida haciendo el bien. Fui
un maestro bueno que predicó
con el ejemplo. Morí por
ellos, luego de sufrir crueles
tormentos.
Me estremezco aquí dentro,
y hasta tiembla la sábana
que me cubre. Todo me estorba
ya…Estoy como impaciente…
JESÚS.-
He descansado en paz. ¡Qué
feliz expresión de los
hombres, ésta, en relación
con la muerte! Empiezo ya a sentir
como una cierta impaciencia por
cursar como Resucitado.
DESEOS DE RESUCITAR
VOZ.-
Pero empezaba ya a necesitar descansar
de su descanso. No volver a la
vida, que ya estaba regresado
a ella, si la dejó realmente
en algún momento. Regresar
a la luz, Él que era la
misma luz.
Tenía la creciente sensación
de que hora había llegado.
De que había que volver
a funcionar como el histórico
Dios Hombre, Hijo del Padre.
Fueron casi tres días.
Demasiadas horas. ¿Qué
esperaba el angel…?, se preguntaba
el Hijo de Dios que se hizo hombre,
para que los hombres pudiesen
hacerse hijos de Dios.
JESÚS.-
Empieza ahora casi a incomodarme
una necesidad de actividad.
Aun me queda trabajar por el Reino.
Al menos unos días. Esto
empieza a hacérseme largo.
Espero que el Padre y el Espíritu
lo intuyan y me ayuden. Ya necesito
resucitar entre la vida de todos.
Reamanecer entre los míos.
VOZ.-
Coincidiendo con estas últimas
expresiones de Jesucristo, comenzó
a operarse un cierto movimiento
exterior. Se hizo dentro de la
gruta una suave y armoniosa luz.
Cristo se incorporó. Retiró
la sábana y demás
tejidos propios de las diversas
unciones y cuidados funerarios,
se sentó sobre la piedra
en que había yacido y notó
cómo se corría,
lentamente, la gran piedra que
lo separaba del mundo vivo. La
luz interior, recogida pero esplendorosa,
se comunicó con la radiante
claridad de aquel domingo único
para la cristiandad. La luz de
dentro y la claridad de fuera
se fueron convirtiendo, mezcladas,
en un radiante ámbito de
esplendor. La luz de Luz, se puso
nuevamente en pie y, solemnemente,
con pasos pausados, como todavía
inseguros, avanzó hacia
el mundo.
La luz era deslumbrante. La Luz
de Luz de todas las luces acumuladas
por el Padre. Aquello parecía
un festival de arco iris, entrecruzados
y festivos. Él resplandecía
como un éxito de blancura.
Se le abría, de nuevo,
la tierra, para recibirlo como
un cielo. Un Cielo de Cielo anticipado.
Con la cabeza erguida, el galileo,
miró en torno…¡Allí
está ella! La de siempre,
María Magdalena… Como no
podía ser de otro modo.
Ella estaba allí, para
recibir la primera Luz del Resucitado.
Ella la llevaría a sus
Hermanos…Ella, la del amor más
fiel después de su propia
Madre…
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