|
|
VÍA
CRUCIS
| |
|
I
Estación: Jesús condenado
a Muerte |
|
|
La
sentencia de Pilato fue dictada bajo
la presión de los sacerdotes
y de la multitud. La condena a muerte
por crucifixión debería
de haber satisfecho sus pasiones y ser
respuesta al grito: «!crucifícale!
!crucifícale! » (Mc 15,
13 -14, etc.),. El pretor romano pensó
que podría eludir el dictar sentencia
lavándose las manos, como se
había desentendido antes de las
palabras de Cristo cuando éste
identificó su reino con la verdad,
con el testimonio de la verdad (Jn 18,
38). En uno y otro caso Pilato buscaba
conservar la independencia, mantenerse
en cierto modo al «margen». |
Pero era sólo en apariencias. La cruz
a la que fue condenado Jesús de Nazaret
(Jn 18,36-37), debía afectar profundamente
el alma del pretor Romano. Esta fue y es una
Realeza, frente a la cual no se puede permanecer
indiferente o mantenerse al margen. El hecho
de que a Jesús, hijo de Dios, se le
pregunte por su reino, y que por esto sea
juzgado por el hombre y condenado a muerte,
constituye el principio del testimonio final
de Dios que tanto amó al mundo (cf.
Jn 3,16).
También nosotros nos encontramos ante
este testimonio, y sabemos que no nos es lícito
lavarnos las manos.
|
II
Estación: Jesús carga
con la Cruz |
|
|
Empieza
la ejecución, es decir, el cumplimiento
de la sentencia. Cristo, condenado a
muerte, debe cargar con la cruz como
los otros condenados que van a sufrir
la misma pena: «Fue contado entre
los pecadores» (Is 53,12). Cristo
se acerca a la cruz con el cuerpo entero
terriblemente magullado y desgarrado,
con la sangre que le baña el
rostro, cayéndole de la cabeza
coronada de espinas. Ecce homo! (Jn
19,5). En el se encierra toda la verdad
del hijo del hombre predicha por los
profetas, la verdad sobre el siervo
de Yavé anunciada por Isaías:
«Fue traspasado por nuestras iniquidades...
y en sus llagas hemos sido curados»
(Is 53,5). |
Está
también presente en el una cierta consecuencia,
que nos deja asombrados, de lo que el hombre
ha hecho con su Dios. Dice Pilato: «Ecce
Homo» (Jn 19,5): «!Mirad lo que
habéis hecho de este hombre!».
En esta afirmación parece oírse
ota voz, como queriendo decir: «!Mirad
lo que habéis hecho en este hombre
con vuestro Dios!».Resulta conmovedora
la semejanza, la interferencia de esta voz
que escuchamos a través de la historia
con lo que nos llega mediante el conocimiento
de la fe. Ecce homo!
Jesús, «el llamado Mesías»
(Mt 27, 17), carga la cruz sobre sus espaldas
(Jn 19,17). Ha empezado la ejecución.
|
III
Estación: Jesús cae por
primera vez |
|
|
Jesús
cae bajo la cruz. Cae al suelo. No recurre
a sus fuerzas sobrehumanas, no recurre
al poder de los ángeles. «¿Crees
que no puedo rogar a mi Padre, quien
pondría a mi disposición
al punto más de doce legiones
de ángeles?»(Mt 26,53).
No lo pide. Habiendo aceptado el cáliz
de manos del Padre (Mc 14,36, etc.),
quiere beberlo hasta las heces. Esto
es lo que quiere. Y por esto no piensa
en ninguna fuerza sobrehumana, aunque
al instante podría disponer de
ellas. Pueden sentirse dolorosamente
sorprendidos los que le habían
visto cuando dominaba a las humanas
dolencias, a las mutilaciones, a las
enfermedades, a la muerte misma. |
¿Y ahora? ¿Esta negado
todo esto? Y, sin embargo, «nosotros
esperábamos», dirán unos
días después los discípulos
de Emaús (Lc 24,21). «Si eres
hijo de Dios...» (Mt 27,40), le provocaran
todos los miembro del sanedrín. «A
otros salvó, a sí mismo no puede
salvarse» (Mc 15, 31; Mt 27,42), gritará
la gente.Y él acepta estas frases de
provocación, que parecen anular todo
el sentido de su misión, de los sermones
pronunciados, de los milagros realizados.
Acepta todas estas palabras, decide no oponerse.
Quiere ser ultrajado. quiere vacilar. Quiere
caer bajo la cruz. Quiere. Es fiel hasta el
final, hasta los mínimos detalles,
a esa afirmación: «No se haga
lo que yo quiero, sino lo que quieres tú»
(cf. Mc 14,36 etc.).
Dios salvará a la humanidad con las
caídas de Cristo bajo la cruz.
|
IV
Estación: Jesús encuentra
a su Madre |
|
|
La
Madre María se encuentra con
su hijo en el camino de la cruz. La
cruz de El es su cruz, la humillación
de él es la suya, suyo el oprobio
público de Jesús. Es el
orden humano de las cosas. Así
deben sentirlo los que la rodean y lo
capta su corazón: «...y
una espada atravesará tu alma»
(Lc 2,35). Palabras pronunciadas cuando
Jesús tenía cuarenta días
se cumplen en este momento. Alcanza
ahora su plenitud total. Y María
avanza, traspasada por esta invisible
espada, hacia el calvario de su hijo,
hacia su propio calvario. La devoción
cristiana la ve con esta espada clavada
en su corazón, y así larepresenta
en pinturas y esculturas. !Madre Dolorosa!«!Oh
tú que has padecido junto con
El!», repiten los fieles, íntimamente
convencidos de que así justamente
debe expresarse el misterio de este
sufrimiento. |
Aunque este dolor le pertenezca
y le afecte en lo más profundo en su
maternidad, sin embargo, la verdad plena de
este sufrimiento se expresa con la palabra
«com-pasión». También
ella pertenece al mismo misterio: expresa
en cierto modo la unidad con el sufrimiento
del Hijo.
|
V
Estación: Simón Cireneo
ayuda a Jesús |
|
|
Simón
de Cirene, llamado a cargar con la cruz
(cf. Mc 15,21; Lc 23, 26), no la quería
llevar ciertamente. Hubo que obligarle.
caminaba junto a Cristo bajo el mismo
peso. Le prestaba sus hombros cuando
los del condenado parecían no
poder aguantar más. Estaba cerca
de él: más cerca que María
o que Juan, a quien, a pesar de ser
varón, no se le pide que le ayude.
le han llamado a él, a Simón
de Cirene padre de Alejandro y de Rufo,
como refiere el evangelio de Marcos
(Mc 15,21). le han llamado, le han obligado. |
¿Cuánto duro esta coacción?
¿cuánto tiempo camino a su lado,
dando muestras de que no tenía nada
que ver con el condenado, con su culpa, con
su condena? ¿cuánto tiempo anduvo
así, dividido interiormente, con una
barrera de indiferencia entre él y
es hombre que sufría? «estaba
desnudo, tuve sed, estaba preso»(cf.
Mt 25,35.36), llevaba la cruz...¿la
llevaste conmigo?...¿la has llevado
conmigo verdaderamente hasta el final?No se
sabe. San Marcos refiere solamente el nombre
de los hijos del Cireneo y la tradición
sostiene que pertenecían a la comunidad
de cristianos allegada a san Pedro (cf. Rom
16,13).
|
VI
Estación: La Verónica
limpia su Rostro |
|
|
La
tradición nos habla de la Verónica.
Quizá ella completa la historia
del Cireneo. Porque lo cierto es que
-aunque, como mujer, no carga físicamente
la cruz y no se la obliga a ello- llevó
sin duda está cruz con Jesús:
la llevó como podía, como
en aquel momento era posible hacerlo
y como le dictaba su corazón:
limpiándole el rostro.Este detalle,
referido por la tradición, parece
fácil de explicar: en el lienzo
con el que secó su rostro han
quedado impresos los rasgos de Cristo.
Puesto que estaba cubierto todo él
cubierto de sudor y sangre, muy bien
podía dejar señales y
perfiles. |
Pero el sentido de este hecho puede
ser interpretado también de otro modo,
si se considera a la luz del sermón
escatológico de Cristo. Son muchos
los que indudablemente preguntaran: «Señor
cuando hemos hecho todo esto?» Y Jesús
responderá: cuantas veces hicisteis
eso a uno de estos mis hermanos menores, a
mí me lo hicisteis» (Mt 25,40).
El salvador, en afecto, imprime su imagen
sobre todo acto de caridad, como sobre el
lienzo de la Verónica.
|
VII
estación: Jesús cae por
segunda vez |
|
|
«Yo
soy un gusano, no un hombre; el oprobio
de los hombres y el desecho del pueblo»
(sal 22 [21],7): las palabras del salmista-profeta
encuentra su plena realización
en estas estrechas, arduas callejuelas
de Jerusalén, durante las últimas
horas que preceden a la pascua. Ya se
sabe que estas horas, antes de la fiesta,
son extenuantes y las calles están
llenas de gente. En este contexto se
verifican las palabras del salmista,
aunque nadie piense en ellas. No paran
mientes en ellas ciertamente todos cuantos
dan pruebas de desprecio, para los cuales
este Jesús de Nazaret que cae
por segunda vez bajo la cruz se ha hecho
objeto de escarnio. |
Y El lo quiere, quiere que se cumpla
la profecía. Cae, pues, exhausto por
el esfuerzo. Cae por voluntad del Padre, voluntad
expresada asimismo en las palabras del profeta.
Cae por propia voluntad, porque «¿cómo
se cumplirían, si no, las escrituras?»
(Mt 26,54):«Soy un gusano y no un hombre»
(Sal 22 [21], 7); por tanto ni siquiera «Ecce
Homo» (Jn 19,5); menos aún, peor
todavía.
El gusano se arrastra pegado a tierra; el
hombre en cambio, como rey de las criaturas,
camina sobre ella. El gusano carcome la madera:
como el gusano, el remordimiento del pecado
roe la conciencia del hombre. Remordimiento
por esta segunda caída.
|
VIII
Estación: Jesús y las
mujeres de Jerusalén |
|
|
Es
la llamada al arrepentimiento, al verdadero
arrepentimiento, a pesar, del mal cometido.
Jesús dice a las hijas de Jerusalén
que lloran su vista: «No lloréis
por mí; llorad por vosotras mismas
y por vuestros hijos» (Lc 23,28).
No podemos quedarnos en la superficie
del mal hay que llegar a su raíz,
a las causas, a la más honda
verdad de la conciencia.
Esto es justamente lo que lo que quiere
darnos a entender Jesús cargado
con la cruz, que desde siempre «conocía
lo que en el hombre había»
(Jn 2,25) y siempre lo conoce. |
Por esto El debe ser en todo momento
el más cercano testigo de nuestros
actos y de los juicios que sobre ellos hacemos
en nuestra conciencia. Quizá nos haga
incluso que estos juicios deben ser en todo
momento ponderados, razonables, objetivos
-dice:«No lloréis»-; pero
al mismo tiempo, ligados a todo cuanto esta
verdad contiene: no los advierte porque El
es que lleva la cruz.
Señor, ¡dame saber vivir y andar
en la verdad!
|
IX
Estación: Jesús y las
mujeres de Jerusalén |
|
|
«Se
humilló, hecho obediente hasta
la muerte, y muerte de cruz» (Fil
1,8 ). Cada estación de esta
Vía es una piedra miliar de esa
obediencia y de ese anonadamiento.
Captamos el grado de este anonadamiento
cuando leemos las palabras del profeta:
«Todos nosotros andábamos
errantes como ovejas, siguiendo cada
uno su camino, y Yavé cargó
sobre él la iniquidad de todos
nosotros» (Is 53,6).Comprendemos
el grado de este anonadamiento cuando
vemos que Jesús cae una vez más,
la tercera, bajo la cruz. |
Cuando pensamos en quién
es el que cae, quién yace entre el
polvo del camino bao la cruz, a los pies de
gente hostil que no le ahorra humillaciones
y ultrajes...¿Quién es el que
cae ? ¿Quién es Jesucristo?
«Quién, existiendo en forma de
Dios, no reputó como botín codiciable
ser igual a Dios, antes se anonadó,
tomando la forma de siervo y haciéndose
semejante a los hombres; y en la condición
de hombre s humilló, hecho obediente
hasta la muerte, y muerte de cruz»(Fil
2,6-8).
|
X
Estación: Jesús, despojado
de sus vestidos |
|
|
Cuando
Jesús despojado de sus vestidos,
se encuentra ya en el Gólgota
(cf. Mc 15,24, etc.), nuestros pensamientos
se dirigen hacia su Madre: vuelven hacia
atrás, al origen de este cuerpo
que ya ahora, antes de la crucifixión,
es todo él una llaga (cf. Is
52,14). El misterio de la encarnación:
El Hijo de Dios toma cuerpo en el seno
de la virgen (cf. Mt 1,23; Lc 1,26-38).
El Hijo de Dios habla al Padre con las
palabras del salmista: «No te
complaces tú en el sacrificio
y la ofrenda..., pero me has preparado
un cuerpo» (Sal 40 [39], 8.7;
Heb 10,7). El cuerpo del hombre expresa
su alma. |
«Entonces dije: '¡Heme
aquí que vengo!'...para hacer, ¡oh
Dios!, tu voluntad»(sal 40[39],9; Heb
10,7). «Yo hago siempre lo que es de
su agrado» (Jn 8,29). Este cuerpo desnudo
cumple la voluntad del Hijo y del Padre en
cada llaga, en cada estremecimiento de dolor,
en cada músculo desgarrado, en cada
reguero de sangre que corre, en todo el cansancio
de sus brazos, en los cardenales de cuello
y espaldas en el terrible dolor de las sienes.
Este cuerpo cumple la voluntad del Padre cuando
es despojado de sus vestidos y tratado como
objeto de suplicio, cuando encierra en sí
el inmerso dolor de la humanidad profanada.El
cuerpo del hombre es profanado de varias maneras.
En esta estación debemos pensar en
la Madre de Cristo, porque bajo su corazón,
en sus ojos, entre sus manos el cuerpo del
Hijo de Dios ha recibido una adoración
plena.
|
XI
Estación: Jesús clavado
en la Cruz |
«Han taladrado mis manos y
mis pies y puedo contar todos mis huesos»
(Sal 22 [21], 17-18). «Puedo contar...»:
¡qué palabras proféticas!
sabemos que este cuerpo es un rescate. Un
gran rescate es todo este cuerpo: las manos,
los pies y cada hueso. Todo el hombre en máxima
tensión: esqueleto, músculos,
sistema nervioso, cada órgano, cada
célula todo en máxima tensión.«Yo,
si fuere levantado de la tierra atraeré
todos a mi»; (Jn 12,32). Palabras que
expresan la plena realidad de la crucifixión
entra todo el mundo que Jesús quiere
atraer a Sí(cf. Jn 12,32). El mundo
está sometido a la gravitación
del cuerpo, que tiende por inercia hacia lo
bajo.
Precisamente en esta gravitación estriba
la pasión del crucificado. «Vosotros
sois de abajo, yo soy de arriba»(Jn
8, 23). Sus palabras desde la cruz son;«Padre
perdónalos porque no saben lo que hacen»
(Lc 23,34).
|
XII
Estación: Jesús muere
en la Cruz |
|
|
Jesús
clavado en la cruz, inmovilizado en
esta terrible posición, invoca
al Padre (c.f. Mc 15,34; Mt 27,46; Lc
23,46). Todas las invocaciones atestiguan
que el es uno con el Padre.«Yo
y el Padre somos una misma cosa»(Jn
14,9); «Mi Padre sigue obrando
todavía, y por eso oro yo también»
(Jn 5,17).
He aquí el más alto, el
más sublime obrar del Hijo en
unión con el Padre. Sí:
en unión, en la más profunda
unión, justamente cuando grita:
Eloí, Eloí, lama sabactani?:
«Dios mío, Dios mío,
porque me has abandonado?» (Mc
15,34; Mt 27,46). |
Este obrar se expresa con la verticalidad
del cuerpo que pende del madero perpendicular
de la cruz, con la horizontalidad de los brazos
extendidos a lo largo del madero transversal.
el hombre que mira estos brazos puede pensar
que con el esfuerzo abrazan al hombre y al
mundo,.He aquí el hombre. He aquí
a Dios mismo. «En El... vivimos y nos
movemos y existimos» (Act 17,28). En
El: en estos brazos extendidos a lo largo
del madero transversal de la cruz. El misterio
de la redención.
|
XIII
Estación: Jesús en brazos
de su Madre |
En el momento en que el cuerpo de
Jesús es bajado de la cruz y puesto
en brazos de la Madre, vuelve a nuestra mente
el momento en que María acogió
el saludo del ángel Gabriel: «concebirás
en tu seno y darás a luz un hijo a
quien pondrás por nombre Jesús...
Y le dará el Señor Dios el trono
de David, su padre... y su Reino no tendrá
fin» (Lc 1,31-33). María sólo
dijo: «hágase en mi según
tu palabra» (Lc 1,38), como si desde
el principio hubiera querido expresar cuanto
estaba viviendo en este momento.
En el misterio de la redención se entrelazan
la gracia, esto es, el don de Dios mismo,
y el «pago » del corazón
humano. En este misterio somos enriquecidos
por un Don de lo alto (Sant 1,17)y al mismo
tiempo somos comprados con el rescate del
hijo de Dios (cf. 1 Cor 6,20; 7,23; Act 20,28).
Y María, que fue más enriquecida
que nadie con estos dones, es también
la que paga más. Con su corazón.
A este misterio está unida la maravillosa
promesa realizada por Simeón cuando
la presentación de Jesús en
el templo: «Una espada atravesará
tu alma para que se descubran los pensamientos
de muchos corazones»
También esto se cumple. ¡Cuántos
corazones humanos se abren ante el corazón
de esta Madre que tanto ha pagado! Y Jesús
está de nuevo todo él en sus
brazos, como lo estaba en el portal de Belén
(cf. Lc 2,16), durante la huida a Egipto (cf.
Lc 2,14),en Nazaret (cf. Lc 2,39-40). La piedad.
|
XIV
Estación: Entierro de Jesús
|
|
|
Desde
el momento en que el hombre, a causa
de pecado, se alejó del árbol
de la vida (cf. Gen 3), la tierra se
convirtió en un cementerio. Tantos
sepulcros como hombres. Un gran planeta
de tumbas.
En las cercanías del calvario
había una tumba que pertenecía
a José de Arimatea (cf. Mt 27,60).
En este sepulcro, con el consentimiento
de José, depositaron el cuerpo
de Jesús una vez bajado de la
cruz (cf. Mc 15,42-46, etc.). Lo depositaron
apresuradamente, para que la ceremonia
acabara antes de la fiesta de Pascua
(cf. Jn 19,31), que empezaba en el crepúsculo. |
Entre todas las tumbas esparcidas por los
continentes de nuestro planeta, hay una en
la que el Hijo de Dios, el hombre Jesucristo,
ha vencido a la muerte con la muerte. O mors!
ero mors tua!: «Muerte, ¡yo seré
tu muerte!» (1.ª antif. Laudes
del Sábado Santo ). El árbol
de la vida , del que el hombre fue alejado
por su pecado, se ha revelado nuevamente a
los hombres en el cuerpo de Cristo. «Si
alguno come de este pan, vivirá para
siempre, y el pan que yo le daré es
mi carne, vida del mundo» (Jn 6,51).
Aunque se multipliquen siempre las tumbas
en nuestro planeta, aunque crezca el cementerio
en el que el hombre surgido del polvo retorna
al polvo (cf. Gen 3,19), todos los hombres
que contemplan el sepulcro de Jesucristo viven
la esperanza de Resurrección.
|
|
|
|
|