| |
|
LAS
DIMENSIONES DE LA SEMANA SANTA
La Semana Santa es uno de esos temas
cuyo tratamiento, más allá
de motivaciones de simple erudición,
puede ayudarnos especialmente a
comprender nuestra propia historia,
y nuestras raices culturales. Siempre,
claro está, que contemplemos
sus formas, funciones y significados
(frecuentemente cambiantes), y que
también seamos capaces de
interpretar su rico lenguaje simbólico.
Para conseguirlo, deberíamos
alejarnos de los discursos excesivamente
ideolizados, tanto de los provenientes
del poder eclesiástico oficial
como de los que responden a los
diversos reduccionismos materialistas.
Aceptar que el único significado
verdadero de la Semana Santa es
su sentido religioso equivale a
rehusar entender, por ejemplo, las
razones por las que muchos colectivos
de creyentes no comulgan hoy con
estas celebraciones tradicionales,
o el motivo por el cual la Semana
Santa está atravesando un
evidente auge, incompresible para
cuantos la contemplan únicamente
como un fenómeno religioso.
Conviene recordar, también,
a quienes predecían hace
treinta años que la Semana
Santa tradicional dejaría
de existir. Fuimos pocos quienes,
entonces, nos atrevimos a apuntar
lo contrario. Lejos de perecer,
incluso ha resurgido en lugares
donde había desaparecido,
y se ha implantado en otros donde
nunca antes se habían realizado
rituales como los que hoy tienen
lugar. La Semana Santa constituye,
pues, un fenómeno cultural
complejo cuyas funciones, significados
y formas, desbordan ampliamente
su dimensión religiosa, y
su interpretación acoge dimensiones
sociales, económicas, estéticas,
emocionales y sobre todo identitarias.
EL ORIGEN
DE LOS RITUALES DE SEMANA SANTA.
La Semana Santa tradicional está
compuesta por dos grandes categorías
rituales: las escenificaciones y
las procesiones. Aunque ambas categorías
no son excluyentes y se combinan
en algunos lugares y ceremonias,
ambos tipos de rituales arrancan
de la Baja Edad Media. Sin embargo,
en el siglo XVI, con motivo de los
dictados del Concilio de Treno y
de la Contrarreforma, las procesiones
penitenciales se transformaron;
adoptaron toda la parafernalia barroca
que de una u otra forma ha llegado
a nuestros días, y se impuso
sobre las representaciones escénicas,
consideradas mas ingenuas y arcaicas.
Al menos desde el siglo XIII, se
extendió por casi toda la
península Ibérica
la realización de escenificaciones
teatrales, durante el Jueves y Viernes
Santos, como complemento de los
textos evangélicos. Estas
representaciones ponían en
escena los sermones o pregones de
los clérigos. La finalidad
era didáctica y se trataba
de realizar una catequesis que pudiera
entrar por los sentidos de los sencillos
habitantes de pueblos y ciudades.
Una ley del rey Alfonso X de Castilla,
de 1263, contenida en el Código
de las Siete Partidas, recomienda
la realización de estas representaciones
“que estimulen a obrar bien,
muevan a devoción y recuerden
la memoria del pasado”. El
objetivo era sustituir los juegos
burlescos que se hacían en
el interior de las iglesias, y que
eran considerados demasiado profanos
e irreverentes, por representaciones
didácticas más adecuadas,
que se basarán en los textos
bíblicos. Estas escenificaciones
de pasajes y sucesos bíblicos
funcionaban a modo de ilustraciones
de los textos que leía el
sacerdote. Los contenidos de la
fe entraban por los sentidos: el
lavatorio de los pies de los apóstoles,
el camino hacia el Calvario, la
crucifixión, la guarda del
sepulcro por los soldados romanos
o incluso la creación del
mundo y la expulsión de Adán
y Eva del Paraíso. En el
siglo XVI estas recreaciones pasaron
a América, donde los frailes
misioneros las utilizaron profusamente
como medio de catequesis. Algunos
de estos personajes y escenas, incluso
los relacionados con los soldados
romanos, siguen siendo hoy representados
por indígenas en poblados
perdidos en la selva.
En Cataluña, Mallorca y Valencia,
se documentan también, ya
para el mismo siglo XIII, representaciones
más largas, con mayor ambición
textual. No se trataba aquí
de complementar las palabras de
los clérigos, sino de representar
teatralmente, como una historia
completa, los sucesivos pasos o
escenas de la pasión, muerte
y resurrección de Cristo.
A mediados del siglo XIV, empezó
a extenderse la práctica
colectiva de la disciplina o flagelación
pública en los días
centrales de la Semana Santa. Juan
I de Aragón la autorizó
en 1394 y fue promocionada por la
orden de los franciscanos, quienes
la conectaron con el ejercicio del
vía crucis que la orden había
iniciado desde su llegada a Jerusalén.
Fueron también de gran importancia,
a este respecto, las predicaciones
de San Vicente Ferrer, quien promovió
la creación de cofradías
de sangre con el título de
la Vera Cruz (la verdadera cruz).
En sus procesiones, estas cofradías
no llevaban otras imágenes
más que la de un crucifijo
portado en lato por un clérigo.
LAS
REFORMAS DE LA CONTRARREFORMA.
No
fue hasta la Contrarreforma cuando
comenzaron a surgir los pasos escultóricos,
escenas de la pasión compuestas
por imágenes talladas en
madera que eran transportadas a
hombros en las procesiones. Los
pasos escultóricos suponían
una alternativa a los pasos vivientes
de las escenificaciones, que las
autoridades eclesiásticas
impulsaron con el fin de eliminar
las representaciones a lo vivo.
Los grupos no permanentes que realizaban
las escenificaciones eran difíciles
de controlar, pero las nuevas medidas
favorecidas por las autoridades
eclesiásticas no provocaron,
en contra de lo esperado, una mayor
docilidad de las cofradías.
Antes al contrario, desde los mismos
años del Concilio Trento,
los sínodos diocesanos hablaron
ya de abusos; de comportamiento
no adecuado; de conflictos por la
proliferación de cofradías;
de rivalidades, ostentación
y profanidad. A las Cofradías
de la Vera Cruz, auspiciadas por
los franciscanos, les siguieron
las de la Virgen de la Soledad o
de la Angustias, promovidas por
su orden rival, los dominicos; así
como las de Jesús Nazareno.
Estas últimas se convirtieron,
sobre todo en Andalucía,
en las de mayor devoción
y arraigo; Las clases populares
se identificaban mejor con el Jesús
más cercano, sufriente y
caminante, que con el más
distante Dios muerto en la cruz.
En numerosos pueblos y ciudades
fueron las hermandades del Nazareno
las que acogieron algunas escenificaciones
y figuras vivientes de la pasión
e incorporaron diversos personajes
como apóstoles, soldados
romanos o judíos fariseos.
Incluso en una inversión
de funciones, fueron las propias
imágenes de Jesús
Nazareno y de la Virgen Dolorosa
las que actuaron escénicamente.
El
espíritu ilustrado del último
tercio del siglo XVIII que compartían
altas jerarquías eclesiásticas
y políticas consideradas
las escenificaciones inaceptables
por su heterodoxia religiosa y perjudiciales
para sus intereses fiscales. La
reiteración de las prohibiciones,
ya entrado el siglo XIX, refleja
el interés de la Iglesia
y el Estado por eliminar estas tradiciones.
Durante esta época, muchas
de estas manifestaciones religiosas
desaparecieron o entraron en graves
crisis debido a vetos oficiales
o a la pérdida de recursos
económicos (como resultado
de las desamortizaciones), especialmente
en las grandes ciudades. En cualquier
caso, y salvo algunas importantes
excepciones, la decadencia de las
escenificaciones continuó
su proceso hasta nuestros días,
como consecuencia de haber sido
criticadas desde diversas ópticas
ideológicas que no tuvieron
presente su alto valor como patrimonio
cultural.
LA
REINVENCIÓN DE UNA TRADICIÓN.
Las
procesiones, por su parte, si perduraron
en más pueblos y ciudades,
sobre todo en Andalucía,
Murcia y Castilla, aunque con altibajos
relacionados con las diversas coyunturas
históricas. Factores políticos
(asentamiento de la monarquía
conservadora), sociales (ascenso
de una burguesía con mentalidad
tradicional) y mercantiles (activación
del comercio y de un incipiente
turismo), estaban en la base del
resurgimiento de la Semana Santa
en algunos lugares, como Sevilla,
ya a partir de la mitad del siglo
XIX. Este resurgimiento supuso una
cierta reinvención, más
que una continuidad en sentido estricto,
de las funciones y significados
de la Semana Santa, distintos a
los tradicionales. Especialmente
en lo que se refiere a las asociaciones
(las hermandades o cofradías),
que pasaron de estar ligadas a una
actividad profesional a organizarse
en relación con un territorio
o una clase social, es decir, con
criterios modernos. También
los rasgos de la propia Semana Santa
se adaptaron a esta nueva época,
sobre todo en las ciudades, en donde
se abandonaron los elementos más
medievales y doloristas, y esta
se convirtió explícitamente
en la gran fiesta de la primavera.
Los
avatares políticos del siglo
XX y de la nueva etapa democrática
explican en gran parte (aunque no
mecánicamente), la evolución
de la Semana Santa tradicional.
Desde el último cuarto del
siglo XX, ha habido un fuerte ascenso
de esta, en contra de lo que muchos
presagiaron. Los motivos de ello
son múltiples y no pueden
ser atribuidos de manera principal
a una supuesta reactivación
del fervor religioso. En casi ningún
lugar existe ya una sociedad tradicional,
y el grado de laicismo práctico
es muy alto. Por tanto: ¿qué
puede explicar que casi 50.000 personas
salgan cada año vestidas
de nazarenos en Sevilla?; ¿por
qué más de 3.000 personas
de esta ciudad cargan voluntariamente
como costaleros durante las duras
procesiones de Semana Santa?; ¿cómo
entender que en Lorca, el desfile
del Viernes Santo divida la ciudad
en dos mitades aparentemente irreconciliable?;
¿cómo interpretar
que una enorme turba, con su ruido
desafinado, interrumpa continuamente
la procesión del Viernes
Santo en Cuenca?, o ¿por
qué los tambores atronan
permanentemente en los pueblos de
Teruel?.
Desde
mi óptica, por encima de
evidentes diferencias formales debidas
a la influencia del modelo andaluz,
la explicación a todo esto
se halla, básicamente, en
la dimensión identitaria
y no se sitúa tanto a nivel
consciente y racional, sino emocional.
En una sociedad moderna y crecientemente
globalizada, donde los individuos
se sienten cada vez más huérfanos
de referencias, cobran especial
relevancia aquellos rituales, fiestas
y símbolos en los cuales
puede visualizarse e interiorizarse
la pertenencia a un determinado
colectivo, el nosotros local. Es
esta reafirmación de la identidad,
realizada a través de las
vivencias, sensaciones estéticas
y reactivación de la memoria,
lo que hace vivir intensamente la
Semana Santa a gentes que no son
creyentes o practicantes. Esto explicaría
el creciente protagonismo de los
jóvenes y de las mujeres
en papeles antes solo reservados
a los adultos varones. Al margen
de esta reafirmación no podría
explicarse por qué, por ejemplo,
los andaluces que emigraron hace
ya más de treinta años
y están socialmente integrados
en Cataluña o Madrid sacan
sus pasos, durante la Semana Santa,
en las calles de L`Hospitalet de
Llobregat o Mataró, y pasean
también al Señor del
Gran Poder y a la Virgen Macarena
por las calles del viejo Madrid
semidesierto por el éxodo
vacacional.
FIESTA
DE IDENTIDAD.
La
Semana Santa, como otras fiestas
tradicionales, se ha convertido
hoy en un medio de reafirmación
identitaria de una sociedad o de
un colectivo sin tener en cuenta
su compromiso en el plano ideológico-religioso.
El carácter estrictamente
cristiano que tuvo la celebración
en su origen (sin ser negado) se
desborda en una religiosidad sensual
y panteísta, e incluso en
una profunda reafirmación
pagana de la vida. Las propias imágenes
adquieren dimensiones emblemáticas
como referentes simbólicos
de barrios, pueblos, ciudades y
sectores sociales. Son estas, fundamentalmente,
las razones que explican el actual
auge de la Semana Santa tradicional
en muchos lugares de España.
Sin que ello signifique desconocer
la existencia de otros importantes
aspectos económicos, políticos
y religiosos. La dimensión
identitaria es, sin duda, actualmente,
la más importante y reveladora
de todas.
DIFERENTES
MANERAS DE VIVIR LA SEMANA SANTA.
La
Semana Santa es una buena muestra
de la pluralidad cultural y la diversidad
social del Estado español.
Para muchos habitantes de las grandes
ciudades, la Semana Santa es hoy,
más que cualquier otra cosa,
el mayor conjunto de días
disponibles para el ocio entre la
Navidad y las anheladas vacaciones
de verano: una oportunidad para
el viaje o el descanso. En este
caso, la Semana Santa es un periodo
en el que se pone de manifiesto
la denominación cultura del
ocio, que caracteriza a nuestra
sociedad postindustrial o posmoderna.
Para
los sectores cristianos militantes,
especialmente para las comunidades
de base; y también para algunos
grupos cercanos al integrismo católico,
la Semana Santa es solo el prólogo
de la vigilia pascual: de la Resurrección.
Los fundamentos proféticos
de esta fiesta han perdido ya toda
significación religiosa para
quienes participan en la anteriormente
nombrada cultura del ocio.
No
obstante, existe un tercer tipo
de Semana Santa, la llamada (quizás
demasiado apresuradamente) tradicional,
que, con muy pocas excepciones,
no existe ya hoy en Europa y apenas
en le norte peninsular, pero que
sigue teniendo especial fuerza en
Andalucía, Extremadura, Murcia,
las dos Castillas y algunos lugares
concretos de la antigua Corona de
Aragón. Es la Semana Santa
vivida, sobre todo, en las calles,
con alta participación de
personas que, en la mayoría
de los casos, pertenecen a clases
sociales diversas e incluso en ocasiones,
a ideologías diferentes.
|
|
|
|
|
|
|